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Depresión infantil: detección y prevención

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Los niños suelen tener un buen estado de ánimo. Cuando presentan malestar suele ser muy fluctuante y muy marcado por el entorno y experiencia inmediata (un niño puede mostrarse enfadado o triste y al minuto contento y feliz porque ha empezado a jugar), a veces es tan marcado que puede sorprender a muchos adultos. Los niños viven muy centrados en el presente y es una de las cosas que les hace tan especiales. Sin embargo, debemos tener en cuenta, que los niños también sufren trastornos del estado de ánimo y que debemos estar alerta ante cualquier signo de malestar que se mantenga de manera constante durante varios días. Además, en el caso de la depresión infantil, los síntomas pueden ser algo diferentes a lo que encontamos en los adultos o a la típica idea de depresión que tenemos en la cabeza, y por ello es importante conocerlos. La sintomatología también puede variar según el nivel del desarrollo del niño. Por ejemplo, en niños más pequeños suelen aparecer con más frecuencia quejas físicas, agitación, ansiedad y temores, mientras que los más mayores suelen presentar más problemas de conducta, agresividad e irritabilidad. Los deseos de muerte o intentos de suicidio (que no tienen porqué ir unidos a la depresión) suelen aparecer más en la adolescencia.

Algunos de los síntomas que nos tienen que mantener en alerta son:

– Estado de ánimo irritable o depresivo (a diferencia de los adultos, el estado de ánimo irritable es común en niños depresivos, sin que se aprecie la tristeza)

– Pérdida de interés en sus actividades o de disfrute

– Aislamiento social

– Agitación

– Problemas de conducta

– Autoestima baja, sentimientos de minusvalía

– Desesperanza

– Dificultad de concentración

– Llanto frecuente

– Quejas físicas injustificadas médicamente

– Cambios bruscos en el peso o no aumentar lo esperado para su edad

– Disminución o aumento de apetito

– Disminución o aumento de sueño

– Cansancio (es raro que un niño esté cansado mucho tiempo)

– Autolesiones o pensamientos a cerca de la muerte o el suicidio

Recuerda que todos estos síntomas, pueden formar parte de la depresión pero también de otros trastornos, por lo que siempre es importante consultar a un profesional.

Como medio de prevención de la depresión y el fomento de una buena salud mental en general, os presento el siguiente decálogo basado en la obra El niño que no sonríe de Méndez, con mis modificaciones y ampliaciones:

1. Sé su modelo. Sonríe, muestra tu buen humor, evita las quejas excesivas que no llevan a ninguna parte, disfruta de tu tiempo libre, ten aficiones, habla en forma positiva de ti mismo, cuidate.

2. Ayúdale a sentirse bien: programa actividades agradables, potencia que se relacione, sorpréndele, potencia su curiosidad, jugad juntos, destaca sus logros o su esfuerzo y aprendizaje cuando no se consiguen. Ten en cuenta sus opiniones y preferencias. Elogialé con sinceridad y concretando todo lo posible.

3. Evítale sufrimientos innecesarios: cuida su salud (higiene, alimentación, vacunas, hábitos de sueño), preparalo y acompáñalo ante situaciones de estrés (inicio del colegio, mudanzas, duelos…)

4. Cuida el ambiente familiar: muéstrale tu cariño con palabras y hechos, fomenta la comunicación familiar, evita su presencia en las discusiones de pareja y sobretodo no lo utilices como interlocutor o le pongas entre la espada y la pared entre las dos personas que más quiere. Intenta mantener rutinas y anticipa con tiempo los cambios.

5. Edúcalo con afecto y coherencia: Llegad a consensos en su educación y mostraros unidos y firmes en esas cuestiones. Fija normas razonables. Colabora con la escuela. Ayúdale a entender y manejar sus emociones. Trátale con respeto.

6. Potencia sus cualidades, aficiones y pasatiempos. Anímale, sin forzar, a nuevas experiencias.

7. Enséñalo a tolerar la frustración y la incertidumbre: enséñale a respetar turno, a demorar poco a poco las satisfacciones inmediatas y felicítale por conseguirlo.

8. Hazle responsable, no culpable. Valora sus esfuerzos e intenciones por encima de resultados. Ayúdale a saber cómo reparar lo que ha dañado, emplea castigos que sean consecuencia natural de sus actos. Fija objetivos realistas. Ayúdale a diferenciar lo que está dentro de su control de lo que no.

9. Moldea un estilo cognitivo racional: Evita las etiquetas y lenguaje absolutistas “eres malo”, “nunca me haces caso” (ojo con los “eres”, “todo”, “nada”, “siempre”, “nunca”). No le des las soluciones directamente, ayúdale a pensar “¿Cómo podriamos hacer…?”.

10. Fortalezca tu autonomía: permítele que poco a poco tome decisiones, enséñale a cuidarse y valerse por si mismo de acuerdo a su edad, pérmitele colaborar en casa sin corregirle de manera constante.

Y sobre todo, recuerda que dedicarle tu tiempo y tu mirada es la mejor forma de mostrarle lo importante que es.

Duelo: el álbum de recuerdos

Hoy os quiero hablar de una actividad que a veces invito a realizar a las familias cuando se ha sufrido la dolorosa experiencia de perder a un ser querido; aunque también puede ser adaptado  para otras pérdidas que les resulten difíciles a l@s niñ@s  como la pérdida de una mascota, el cambio de casa, un amigo que se muda lejos…

El ejercicio se llama “El álbum de los recuerdos”, más tarde dí con el precioso cuento El árbol de los recuerdos y me pareció un complemento precioso para complementar el ejercicio.

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Respecto a las edades, puede ser adaptado a cada edad y ser más complejo para los más mayores. Algunas veces lo he utilizado con adultos. También se puede realizar en formato digital o en forma de video, con música… pero yo soy muy partidaria de seguir utilizando las manos y el papel para sentirlo más nuestro (algunos adolescentes prefieren el formato digital).

¿Por qué puede ser útil?

  • Las personas necesitamos rituales de despedida, de ahí los velatorios y funerales. Los que nuestra cultura realiza pueden ser muy útiles, pero especialmente para los niños*, son más incomprensibles y menos personalizados. De este modo, aunque hayan acudido a los ritos, dedicar un tiempo para despedirse y honrar a la persona fallecida les ayudará a asumir la realidad de la pérdida y comenzar a elaborar su dolor.
  • Nos permite compartir momentos especiales con ellos y les permite sentirse acompañados en la pérdida.
  • Facilita poder hablar del fallecido, de nuestras emociones.
  • Nos invita a evocar emociones positivas asociadas al recuerdo.
  • Ayuda a la elaboración de la pérdida, a recolocar emocionalmente al fallecido.

Me he encontrado más de una vez en consulta con adolescentes y adultos jóvenes con duelos prolongados en los que desde la pérdida, no se ha facilitado el poder hablar de la persona fallecida y se ha convertido en un tabú que les ha ido aislando y bloqueando en su proceso de duelo. Este ejercicio puede ayudar a prevenir este tipo de situaciones, que, una vez enquistadas, casi siempre es preferible que sea un profesional quien ayude al joven a pasar por este proceso.

Para realizar el ejercicio es necesario que el niño quiera, y que el adulto no vaya a desbordarse haciendólo, pudiendo mostrar sus emociones controladamente.

¿En qué consiste?

El ejercicio tiene dos partes , aunque puede realizarse solo la segunda. Se puede hacer en varios días y se recomienda que se dé un plazo para terminarlo, para poder cerrar el proceso (aunque no se descarta poder añadir alguna vez otras páginas si es necesario). También recomiendo realizarlo en un horario en el que luego podamos hacer una actividad diferente que nos desepeje (no por ejemplo antes de dormir).

En la primera parte recomiendo la lectura con la niña del cuento El árbol de los recuerdos. En el argumento, un zorro muere en el bosque y los animales, muy tristes, se reúnen para recordar juntos al zorro. Es un cuento muy bonito sobre el duelo que se centra en la idea de que nuestros recuerdos harán que la persona que ha fallecido esté en nuestro corazón para siempre y nos enseña que recodar no es un tabú ni tiene porqué ser siempre doloroso, además es necesario.  El cuento nos sirve como introducción para mostrar lo importantes que son los recuerdos y lo importante que es no dejarlos de lado, permite dar mayor sentido al ejercicio. Así nos dará pie, a proponer la segunda parte de la actividad, y si al niño le apetece, empezar a llevarla a cabo.

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La segunda parte sería la creación de El album de los recuerdos. Su formato lo dejo a la imaginación de las familias, pues siempre tienen más creatividad que yo y es una cosa muy personal. Algunas de las cosas que se pueden incluir:

  • Escribir brevemente algunos recuerdos con esa persona
  • Escribir cosas que a esa persona le gustaban o nos enseñó, escribir cosas que nos gustaban de ella.
  • Incluir fotos de momentos vividos juntos
  • Incluir fotos de lugares u objetos especiales que nos recuerden a esa persona
  • Decorarlo a nuestro gusto
  • Incluir siempre algún dibujo, especialmente como modo de poner fin al álbum, incluso podemos dibujar nuestro árbol si hemos leído el cuento.

El dibujo va a ser un medio de expresión fundamental para los más pequeños.

Hay álbumes de recuerdos que pueden ser solo un dibujo y otros que están muy elaborados con muchas páginas, todo en función de cómo  la niña entre a ello, de su desarrollo evolutivo… Las opciones son muchas. La idea es poder hablar de la otra persona y expresarse a través del dibujo y la fotografía.

Y mientras tanto… creemos buenos recuerdos en la vida de nuestr@s niñ@s para poder dejar esa huella en ellos para siempre.

 

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* A lo largo del texto utilizo los términos masculino y femenino de manera indiferente.

Cómo vaya, vas a llorar con razón

Elijo esa frase como título por ser una de las que más escuchamos probablemente en nuestra infancia como amenaza (y no deja de ser curiosa cuando es la emoción y no la razón la que está relacionada con el llanto). En el post de hoy quiero hablar de los cachetes, los azotes y las amenazas de hacerlo como instrumento para modular la conducta de los niños.

Antes de nada, quiero aclarar que cuando hablo de pegar en este artículo, no hablo de palizas, de pegar al niño de manera habitual, de hacerle marcas, de causarle dolor físico… ese es un tema a parte, que tiene que ver con maltrato grave penado por la ley que no admite discusión alguna. De lo que voy a hablar, es de una parte más sutil, donde los límites entre lo que está bien y mal son difusos para la mayoría de las familias, donde la mayoría de las personas han vivido o están viviendo. Una parte que entra dentro de la normalidad en la mayoría de nuestras casas.

El objetivo de la entrada no es moralista ni decir lo que uno tiene que hacer o no con sus hijos. El objetivo es únicamente que al menos, cuando uno lo hace, lo haga siendo consciente de lo que estoy transmitiendo, y que pueda elegir hacerlo o no teniendo claro  si realmente esa era la lección que pretendía transmitir al niño. El objetivo es que tengáis toda la información para poder decidir. Porque a veces creemos que el mensaje es “eso no se hace”, pero acompañado de ese mensaje van otros de manera implícita más importantes de los que muchas veces no somos conscientes. 

Parece que todos estamos de acuerdo cuando queremos trasmitir a nuestros hijos: “Nadie tiene derecho a pegarte. No tienes derecho a pegar a nadie” (¡Cuántas cosas se arreglarían en el mundo si consiguiéramos con éxito dar siempre ese mensaje!), pero a veces no sabemos bien cómo es la mejor manera de hacerlo. 

Pegar a seres indefensos está mal. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. En cualquier intensidad. No vamos a traumatizar a ningún niño por darle un azote flojo puntual, de verdad, no creo que eso les traumatice ni dañe nuestra relación con ellos, pero si tenemos que ser conscientes de la lección que realmente le estamos transmitiendo.

Voy a hacer un pequeño inciso sobre el cerebro antes de continuar. A grandes rasgos, podemos decir que el cerebro puede dividirse en tres áreas diferenciadas, algunos autores hablan de tres cerebros: 1) el neocortex o corteza cerebral,  la parte  más externa del cerebro, a la que también llamamos corteza; 2) el cerebro límbico;  y 3) el cerebro reptiliano. La corteza es la encargada de las funciones más desarrolladas y complejas del ser humano como la capacidad de planificación, reflexión, control de impulsos, aprendizaje, moralidad, toma de decisiones…. Está parte del cerebro se irá desarrollando a medida que el niño crece, por lo que durante la infancia no funciona a pleno rendimiento. Bajo la corteza, encontramos el cerebro límbico que es emocional, reacciona de manera no consciente, trata de protegernos, reacciona como una alarma ante los peligros y busca la acción rápida. El cerebro reptiliano es la parte más  primitiva encargado de las funciones vitales básicas (respiración, sueño, hambre…). Tanto el cerebro límbico como el reptiliano funcionan desde el inicio porque son indispensables para la supervivencia y son los más instintivos y básicos del ser humano como animal.La corteza actua como filtro y selecciona ante que información responder y cómo hacerlo de la manera más adecuada. Bueno, creo que esta burda explicación puede ser suficiente para entender lo que pretendo contaros.

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Como ya he dicho, los niños no tienen desarrollado al 100 × 100 la corteza cerebral, pensad que si ya es complicado para nosotros muchas veces actuar de manera reflexiva y controlar la parte instintiva y emocional, cómo puede ser hacerlo cuando  la corteza aún está inmadura.  Por todo esto, es más fácil que los niños se dejen llevar por este impulso instintivo. Por tanto, en la niñez es muy fácil aprender la conducta de “pegar” como parte de nuestro comportamiento habitual ya que es una conducta que aparece de manera instintiva. Pegar, para los niños,  es un reflejo de defensa muy primitivo.  Si tenéis hijos o niños cerca, habréis observado, que desde bien bebés, el impulso a golpear es frecuente cuando se frustran en la mayoría de ellos. Hasta que con la ayuda del desarrollo de la corteza y la educación,  pueden conocer otras formas de manejar esa frustración. Unos niños tardarán más que otros. 

El adulto tiene un papel importante en el óptimo desarrollo de la corteza del niño. De alguna manera, podemos decir que en los primeros años se convierte en su corteza, siendo quién le enseñe a regular toda esa parte instintiva. Y a lo que voy, si le pego, no estoy siendo “corteza”, estoy reforzando el actuar desde el impulso.

Bueno, y todo esto, solo para tratar de dar a entender que antes de amenazar con pegar a un niño o darle un pequeño cachete, debo ser consciente de que:

  • Para los niños, los padres somos perfectos. Lo que nosotros hagamos está bien.  Somos un modelo a imitar. Somos su guía de vida. 
  • El ejemplo es la manera más potente de profundizar un aprendizaje.
  • Los niños no entienden de intensidad. No vale ” si le doy en el pañal, no le hago daño”, “en el culo si, la cara no”. Los niños no son tan sutiles, lo que le estoy enseñando es que golpear está bien, da igual como lo haga. Los niños no tienen medida.
  • El mensaje que le hago llegar es: pegar está bien para conseguir lo que uno quiere. Pegar me da poder.
  • Cuando pego es porque he perdido el control. Es una conducta no controlada que libera rabia. Si lo que quiero es que el niño aprenda autocontrol tengo que plantearme si es la forma correcta de hacerlo.
  • El solo hecho de amenazar ya está trasmitiendo que pegar es algo lícito, planteo esa conducta como posible y válida para conseguir mis objetivos. 
  • También trasmitimos mensajes subliminales de “Te hago daño porque te quiero” “Te hago daño porque te lo mereces” no hace falta que diga lo dañino que puede ser trasmitir este mensaje para relaciones futuras.

Si no obstante, pierdo el control (como humanos que somos y costumbres heredadas de nuestros padres), y lo hago, recuerda siempre que rectificar es de sabios. Pide perdón y habla con el niño sobre que no está bien lo que has hecho y tratarás de no hacerlo más. Tenga la edad que tenga.

Recuerda que no le has pegado porque su conducta lo merezca, le has pegado por tu falta de recursos para manejar la situación y tu frustración, o bien porque en tu casa se hacía así. A día de hoy hay tanta información sobre crianza con la que nuestros padres y abuelos no contaban, que no podemos escudarnos en lo que ellos hacían. Es nuestra responsabilidad aprender, informarnos y avanzar en ofrecer una crianza con límites y respeto.

De verdad creo que está en nuestras manos cambiar el mundo.

(Pretendía escribir una entrada corta y al final se me ha ido de las manos, perdón por la extensión y gracias a los que habéis llegado hasta el final 😉 ).

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Aprendiendo a perder

Primero comprendemos…

A nadie nos gusta perder. Si además hablamos de niños pequeños, como consecuencia del proceso evolutivo normal, esta dificultad es aún mayor. Algunos de los motivos de que esto ocurra son:

–          El mundo de los peques es muy egocéntrico. En los primeros tres o cuatro años suelen considerarse el centro, tienden a sentir que lo pueden todo sin poder ponerse en el lugar del otro.

–          Obviamente son emocionalmente  inmaduros y tienen dificultad para manejar el malestar que esas emociones les producen.

–          Viven muy anclados en el presente inmediato y les cuesta poder esperar o pensar en ganancias a medio o largo plazo

–          En los primeros años se produce el paso desde la protección familiar y ser el centro de atención, a participar en el  mundo fuera del ámbito familiar, donde empiezan a relacionarse con otros niños que también son el centro en sus familias y a los cuales tampoco les gusta perder.

–          No debemos olvidar que además,  entre los dos y cinco años nos encontramos también con la etapa de las rabietas. Recomendaría consultar más sobre esta etapa en entradas anteriores (Rabietas 1 y Rabietas 2) puesto que nos ayudarán a entender y manejar mejor las reacciones del niño.

Si a todo esto, le añadimos que hoy en día prima en la crianza la tendencia a tratar de complacer a los niños y a evitarles las frustraciones, y que,  culturalmente, vivimos en un mundo que valora la victoria y la competitividad de una forma muy explícita, la combinación de todo hace que sea muy complicada la tarea de aprender a perder.

Si además agregamos  factores dependientes de cada niño y situación (perfeccionismo de padres o niño, cansancio, sobre exigencias del entorno, impulsividad…),  se les puede hacer aún más dura la situación de derrota.

A los padres no les suele gustar que su niño se enfade cuando pierde, pero teniendo en cuenta todo lo anteriormente descrito, podemos entenderlo como algo normal que debemos manejar con paciencia. El mal perder está relacionado estrechamente con una baja tolerancia a la frustración en general. Uno se frustra cuando no consigue lo que quiere. La frustración es parte de la vida. No podemos evitarla, pero si podemos aprender a manejarla, y es la infancia el mejor momento para hacerlo. Un adecuado manejo de la frustración favorece el autoestima y el bienestar emocional.

Después actuamos…

A continuación veremos algunas recomendaciones a tener en cuenta para ayudar al niño en este proceso. Las pautas para el manejo de rabietas vistas anteriormente son útiles en este caso también, cuando el motivo de la rabieta es la sensación de fracaso.

–          Tratemos de no evitarle las pequeñas frustraciones del día a día y no concederle todo lo que desea en el momento en que lo hace. Dejemos que experimente, que se equivoque… siempre que no pongamos en riesgo su seguridad

–          No pretendamos convertir cada fracaso en un nuevo éxito, a veces simplemente se pierde y ya está.

–          Potenciemos la autonomía personal, no hagamos por ellos cosas que ellos puedan hacer.

–          Convirtamos la frustración en aprendizaje. Muchas de las situaciones en las que las cosas no salen como uno quisiera son una oportunidad para reflexionar y aprender cosas nuevas. “¿Qué ha pasado? ¿Qué podríamos haber hecho?”.

–          Actúa de modelo. Ante situaciones de frustración o perdiendo a un juego, trata de verbalizar en voz alta los pensamientos que te ayudan “que pena que perdí, pero no se puede ganar siempre” “he perdido, pero me he divertido mucho” “en la próxima se me dará mejor” para que el niño pueda ver que estrategias utilizas para controlar la situación. Es importante estar atento de cómo manejamos nosotros las frustraciones (no sólo perdiendo en un juego sino las adversidades en general) y qué es lo que le estamos trasmitiendo al niño. También tendremos que dar ejemplo en el manejo de la victoria y el trato que les damos a los vencidos (no podemos pedirles que tengan un buen perder o decirles que no pasa nada si pierden si cuando vemos un partido de fútbol nos regodeamos e insultamos a los perdedores). Se gane o se pierda debemos mostrar respeto con el adversario “he ganado, pero ha sido difícil, has jugado muy bien” “he ganado esta partida, pero eres un buen contrincante. No sé si podré ganarte la próxima vez”, “vaya, he perdido, felicidades, lo has hecho muy bien”.

–          Refuérzale cada vez que no consigue lo que quiere y lo expresa de manera adecuada.

–          Cuando juegues con él, es bueno dejarle ganar alguna vez para motivarle (sobre todo si tenemos mucha ventaja sobre él en el juego) pero no debemos hacerlo siempre. Para aprender a perder es necesario que pierda.

–          Valora el esfuerzo más que el resultado final

–          No se debe sobrevalorar su enfado cuando pierde, ni tampoco alabarle demasiado cuando gane, así conseguiremos que entienda que es normal que unas veces se gane    y otras se pierda.

–          No lo etiquetes. Esto incluye no hablar delante de él con los demás sobre lo mal que lleva el perder o contar sus berrinches por este tema. Guiémosle para que aprenda a perder pero no le digamos una y otra vez que no sabe hacerlo. Existe el peligro de que lo perciba como parte de su forma de ser, dañando su autoestima y haciendo más difícil el cambio.

–          Si ya sabemos que lo pasa muy mal cuando pierde, antes de empezar el juego o la competición podemos hablar con él y prepararle para la posibilidad de perder o de no conseguir lo que quiere.

–          No podemos permitir reacciones desproporcionadas y tendrá que retirarse del juego si es necesario hasta que se calme.

–          Cuando el niño se calme debemos hablarle de las consecuencias de su mal perder (rechazo de los demás, no disfrutar de los juegos….). Es necesario que entienda que a nadie le gusta perder y que es normal sentir cierto enfado, pero que es importante que aprenda que su propia valía no pasa por destacar siempre sobre los demás, sino por el esfuerzo y la ilusión puestos en la participación.

Papá/Mamá está enfermo/a (parte IV)

Esta será la cuarta y última entrada dedicada a la comprensión y manejo del niño cuando uno de los progenitores enferma. Terminamos con algunas recomendaciones sobre como ayudarles, una vez que ya se ha transmitido adecuadamente la información, y algunos síntomas a los que estar pendientes para valorar si puede ser conveniente  la consulta a algún profesional.

¿Cómo ayudarles a sobrellevar la situación?

Es necesario entender que nunca vamos a poder dar el tipo de tranquilidad que quisiéramos y nunca será “cómo si no pasara nada”. A veces los papás tienen el objetivo de conseguir esto y sólo acaban frustrados. Sin embargo,  sí hay cosas que podemos hacer y tener en cuenta para ayudarles a sobrellevar la situación de la mejor manera posible y por supuesto, normalmente no tiene porqué convertirse en una experiencia traumática.

Para tranquilizar a los niños es importante transmitirles que sin importar lo que pase, siempre habrá alguien que los cuide. Si el padre o la madre se siente enfermo/a, se tratarán de hacer los arreglos necesarios para que alguien le sustituya. La preocupación más importante para los niños en cualquier edad es su propio sentido de seguridad. No son egoístas, los niños dependen de sus padres para sus necesidades físicas básicas y emocionales,  y por naturaleza, ésta será una de sus principales preocupaciones. El cáncer de alguno de los padres puede hacer sentir a las familias que sus vidas están totalmente fuera de control, y en este sentido será necesario transmitir seguridad.

Durante este tiempo, es importante darse cuenta de que es probable que toda la familia se sienta ansiosa e inestable. La persona con cáncer necesitará hacer viajes al hospital, puede estar de baja laboral, las tareas domésticas cambiarán y los miembros de la familia sentirán (y mostrarán) todo tipo de emociones. A pesar de todo esto, los padres deben tratar de mantener la vida de sus hijos lo más normal posible. Y aunque  puede parecer una tarea difícil de lograr, por lo general es posible reorganizar las rutinas de la familia, al menos por un periodo temporal, sin subestimar la ayuda de amigos y familiares para lograrlo. Puede que algún pariente se mude por un tiempo para ayudar si el padre o la madre necesitan permanecer en el hospital. Quizá el padre enfermo tiene amigos que se ofrecen para preparar por turnos las cenas de la familia. Puede que un pariente o amigo se ofrezca para recoger al niño de la escuela o para llevarle a sus clases de música o entrenamientos deportivos. Repito que aceptar la ayuda ofrecida y procurar buscar el apoyo es importante en estos momentos. Los seres queridos, amigos, vecinos y hasta los padres de los amigos de los hijos pueden ser de gran ayuda para que la vida siga tan normal como sea posible. Hay que tratar de recordar que por lo general, las personas realmente desean ayudar y que si se les solicita, sentirán que son útiles y necesarias. Sin embargo, muchas veces necesitarán que se les diga exactamente que  tipo de ayuda  pueden ofrecer,  ya que en muchas ocasiones, la gente del entorno se paraliza al no saber como reaccionar ante esta situación ni lo que es lo que tu deseas.

No podremos evitar modificar algunas de las rutinas del niño, pero sí anticiparlas cuando sea posible para que no sientan que viven en un caos. Al explicar estos cambios a los niños, daremos un fuerte mensaje de que mamá o papá sigue al mando y que las necesidades del niño no serán olvidadas. La vida seguirá lo más normal posible, tomando en cuenta la crisis que la familia está enfrentando. Los padres deben reconocer ante sus niños que a nadie le gusta esta nueva situación, pero que no durará para siempre. Mientras tanto, es necesario repetir a los hijos constantemente que los quieres y que estás haciendo todo para que siempre sean atendidos.

A veces los niños reaccionan de forma temperamental a los cambios en la rutina. Los padres pueden frustrarse y enfadarse ante estas reacciones a medida que tratan de satisfacer las necesidades de todos. Es necesario darse cuenta de esto y tratar de no perder el control. Dentro de las circunstancias, podéis buscar aquello en lo que los niños tengan la opción de escoger, por ejemplo, quién quisieran ellos que los esperara cuando llega el autobús de la escuela, o qué les gustaría llevarse consigo cuando van a la casa de un vecino después de la escuela.

No hay que dedicar mucho tiempo a las discusiones. Algunas veces hay que transmitir simplemente que las cosas tienen que ser así en este momento. No se espera que a los niños les guste que sus rutinas se alteren, a los adultos tampoco les gusta. Los padres pueden reconocer esto ante sus hijos junto con el hecho de que ellos tienen derecho a sentirse enfados y perturbados ahora pero que no puede ser de otra manera. Aunque los padres no puedan resolver la situación, deben estar atentos sobre cómo se están sintiendo sus hijos.

Las necesidades de los niños varían dependiendo de las edades. Los niños pequeños tienen necesidades de supervivencia básicas y son más dependientes de los padres para sentirse seguros, es importante estar con ellos todo el tiempo que sea posible. Si personas diferentes a los padres tienen que encargarse de ellos, es bueno que en la medida de lo posible, siempre sean las mismas, con los mínimos cambios posibles.

Los adolescentes presentan retos especiales debido a que se encuentran en un punto personal de lucha entre la independencia y la dependencia. Es normal que se les pida que estén ahí para apoyar durante la ausencia o enfermedad de alguno de sus padres pero puede que haya ocasiones en las que haya una línea muy delgada entre pedirle ayuda a un adolescente y darle demasiadas responsabilidades. Los padres deben reconocer los deseos de independencia que son naturales en sus hijos adolescentes y asegurarles que saben que ellos necesitan su propio tiempo y espacio a pesar del hecho de que uno de los padres esté enfermo. Hay que animarles a que en la medida de lo posible sigan con sus tareas extraescolares y su ocio sin que se sientan culpables por ello. Puede ser útil programar reuniones familiares en la que los padres y los hijos puedan hacer una revisión de cómo van las cosas en la familia y decidir qué hay que cambiar y qué debe permanecer igual.

Otra posible recomendación con los adolescentes es asegurarte de que alguien de la familia, con quien tenga buen trato esté más pendiente de ellos.

Es normal que el niño se altere ante todo lo que está sucediendo, pero aunque seamos más flexibles en algunas cuestiones, aún será importante cumplir las reglas básicas del buen comportamiento. Es importante tratar de seguir con las rutinas habituales tanto como sea posible, y ser consistentes con los hijos. El conservar las mismas reglas y límites ayuda a los niños a sentirse seguros. Podrían sentir que las cosas están fuera de control si de repente ven que pueden tener conductas caprichosas sin que se les reproche.

El cariño y el contacto físico con los niños también serán muy importantes, así como dedicarle tiempo de juego.

Cuando el progenitor esté hospitalizado, que el niño escriba, llame por teléfono, envíe dibujos o mensajes, le prepare un mural para vuelta… pueden ser una buenas ideas. Si es posible una visita al hospital, será recomendable que vaya acompañado por alguien de confianza y que le anticipe lo que va a ver. A la vuelta del hospital, y cuando la salud física lo permita, sería importante que el padre ausente pasara algún tiempo con el niño, le permitiera expresar como se ha sentido y le recuerde lo mucho que le quiere.

Durante el tratamiento, conviene tratar de hablar sobre éste de una forma positiva a ser posible, en lugar de profundizar en los efectos secundarios negativos. Es recomendable mostrar que uno sigue siendo el mismo de siempre, incluso sin cabello, con cansancio, durmiendo más… etc., y que se quiere a los niños tanto como siempre. Es necesario que cuando el comportamiento del papá enfermo cambia o se vuelve más irritable o necesita estar más tiempo solo, expliquemos al niño que se siente así debido al cansancio o los efectos de la enfermedad o el tratamiento según sea el caso, y que de ninguna manera tiene que ver con algo que ellos hayan hecho o que haya disminuido su amor por ellos.

Por último, es necesario que en el colegio estén informados de lo que está sucediendo en casa así como la información con la que cuenta el niño. En niños más mayores es importante consultar con ellos que se va a ir a hablar con el colegio y lo que se les va a contar.

¿Cómo saber si mi hijo necesita ayuda adicional?

 A veces resulta complicado saber que es una respuesta normal o no a un diagnóstico reciente de cáncer, ya que es una situación completamente nueva para la familia y tomará tiempo organizarse y saber que es lo que mejor funciona. Debido a que los niños, en especial los más pequeños, a menudo no son capaces de identificar sus sentimientos y hablar sobre cómo se sienten, lo suelen demostrar a través de su comportamiento. Algunos niños se retraerán, mientras que otros pueden pelear, discutir y quejarse. Casi siempre vamos a observar alguna reacción, lo más importante es contemplar si el cambio es muy radical y  por cuánto tiempo perdura.

La mayoría de los niños cuyos padres tienen cáncer son capaces de sobrellevar la situación, aunque hay momentos en los que la presión puede ser demasiada. Quizás sea conveniente consultar con un médico o un psicólogo, en el caso de presentar algunos de estos síntomas durante varias semanas:

  • Se siente triste todo el tiempo.
  • No puede sentirse tranquilo.
  • Se siente excesivamente irritable.
  • No juega
  • Se enfurece con mucha facilidad y rapidez.
  • Tiene cambios importantes en sus resultados escolares.
  • Se retrae o aísla en exceso.
  • Actúa muy diferente de lo normal.
  • Tiene cambios de apetito importantes.
  • Tiene poca energía todo el tiempo.
  • Muestra mucho menos interés en las actividades.
  • Tiene serios problemas para concentrarse.
  • Llora mucho.
  • Tiene dificultades para dormir.

Si las formas habituales de lidiar con estos problemas no funcionan, o si el problema persiste durante varias semanas, y en cualquier caso, siempre que la familia o la escuela tenga dudas, puede ser oportuno consultar con un profesional. Un recurso gratuito disponible es la Asociación Española Contra el Cáncer.

Papá / Mamá está enfermo/a (parte III)

Continuamos con la penúltima parte de la serie de entradas dedicadas al manejo de los niños cuando un progenitor está padeciendo un proceso oncólogico. En esta ocasión, haré a alusión a otras inquietudes frecuentes que suelen ser consulta de los padres como las posibles reacciones de sus hijos y las respuestas ante preguntas difíciles.

Reacciones de los niños ante la comunicación del diagnóstico

Las reacciones de los niños son muy variadas y pueden encontrarse desde una gran alteración hasta la indiferencia. Cada niño es diferente. Los padres por lo general son quienes conocen mejor a sus hijos y pueden esperar que reaccionen de acuerdo a la forma típica de su personalidad, aunque hay veces que pueden sorprendernos.

La dificultad que tienen los niños para expresar lo que sienten puede que haga que sólo podamos intuirlo a través de su comportamiento. Puede ser útil ayudarle a poner palabras a lo que está pasando. Por ejemplo, ver a sus hijos que pelean más entre sí, puede ser una forma de mostrar que están alterados. Los padres pueden poner esto en palabras al decir “sé qué todos estamos preocupados ahora, pero hablemos de ello en lugar de estar peleándonos”.

Otra posible reacción es la regresión a etapas menos maduras, así pueden empezar a tener conductas que ya estaban superadas como hacerse pis, chuparse el dedo… puede que les cueste más separarse se los padres o tengan mayor dificultad para prestar atención en el colegio. En este sentido tendremos que darle un tiempo de adaptación, sin regañarles pero a la vez tratando de fomentar poco a poco de nuevo su autonomía y reforzándole los logros.

Recordemos que los niños también necesitarán su tiempo para adaptarse a todos los cambios.

En la mayoría de los casos, los niños a los que se les ha contado la verdad sobre lo que está pasando al comienzo de la enfermedad, reaccionan con menos ansiedad que aquellos cuyos padres que tratan de ocultárselo o evitan responder a sus preguntas.

Esto no significa que se tenga que decirles todo en una sola ocasión, puede hacerse poco a poco especialmente cuando son más pequeños. Si desconoce la respuesta a alguna pregunta no hay que temer reconocerlo, si es posible, diles que tratarás de averiguarlo.

 

Preguntas difíciles: ¿te vas a morir?

Muchas veces la primera reacción natural a esta pregunta es la de “no preguntes tonterías“. Pero lo cierto es que la mayor parte de la angustia de las familias es debida a esta pregunta. Una pregunta que, en realidad, todos los miembros en algún momento tienen en mente. A la hora de responderla, es importante admitir que es igual de temerosa para todos. También es difícil para el niño y es posible que no se atreva a hacerla directamente, por lo que a veces, si vemos que es algo que les está inquietando, es incluso recomendable tocar el tema aunque ellos no pregunten.

En general, no hay forma de saber desde un comienzo si una persona morirá de cáncer. Depende de muchos factores, cada cáncer, cada paciente y cada respuesta al tratamiento es diferente. El cáncer es una enfermedad grave pero muchas veces no es mortal. Mientras tanto la familia debe concentrarse en cómo pueden vivir con la enfermedad. Dependiendo de la situación, las posibles respuestas que darles a los niños serán diferentes. Estos son algunos ejemplos en función de diferentes grados de gravedad:

 

“Es verdad que algunas veces las personas mueren de cáncer. Yo no espero que esto vaya a pasar por que los doctores me han dicho que los tratamientos de ahora son muy buenos, y mi tipo de cáncer por lo general se mejora con el tratamiento”.

– “Los doctores me han dicho que mis probabilidades de curar son muy buenas. Voy a pensar en eso hasta que tenga razones para pensar en otra cosa. Espero que también pienses en eso y te avisaré si me entero de cualquier otra novedad.”

– “No hay forma de saber ahora mismo qué es lo que pasará. Lo sabremos una vez que haya terminado con las primeras sesiones del tratamiento. Cuando me informen más, puedes estar seguro(a) que te lo diré.”

– “Por el momento no hay mucho que se sepa sobre el tipo de cáncer que tengo, pero tanto yo como los médicos haremos todo lo que podamos  para recuperarme.”

– “Mi tipo de cáncer es difícil de tratar pero haré todo lo que pueda para recuperarme. Nadie puede saber por el momento qué pasará más adelante. Lo que sí puedes saber con seguridad es que seré honesto(a) contigo sobre lo que esté pasando. Si no puedes dejar de preocuparte, por favor dime para que podamos juntos buscar cómo tranquilizarnos.”

– “La situación es muy difícil y no parece que vaya a poder recuperarme, todo el mundo está haciendo todo lo que puede para cuidarme, es importante que nos centremos en el día a día”

 

Sin importar las palabras que utilicéis, una de las cosas más importantes que los padres deben expresar claramente a sus hijos es su deseo de hablarles con la verdad. Esto no significa que haya que decirles todo lo que sabemos nada más saberlo. Significa que hay que dar a los niños información verídica, cuando necesitan tenerla, para poder afrontar adecuadamente lo que les está sucediendo día a día. Una madre o padre podría decir, por ejemplo:

“No quiero que te preocupes sobre el futuro en este momento. Hablemos sobre lo que está pasando ahora mismo. Si esto llegara a cambiar, te prometo que te lo diré. Siempre trataré de decirte la verdad. Quiero que me hagas cualquier pregunta que tengas y haré lo posible por contestarla”.

Rivalidad entre hermanos

La rivalidad entre hermanos es tan natural como la vida misma. Será más o menos intensa dependiendo de la interacción de diferentes variables como  las diferencias de edad, el número de hermanos, la personalidad de cada niño, la experiencia, el manejo de los padres… pero de alguna u otra forma, más explícita o más encubierta, nos la vamos a encontrar. ¿Por qué? Porque todos los niños desean tener el amor exclusivo de sus padres. Los padres son los seres más importantes de la vida de un niño, y tener un hermano inevitablemente conllevará menos atención por parte de éstos.

La relación con nuestros hermanos provoca sentimientos muy intensos tanto positivos como negativos y puede tener repercusiones importantes en nuestra forma de ser y de relacionarnos. Aunque es verdad que una relación conflictiva puede llegar a hacer mucho daño a alguno de los niños y que sin duda provoca gran malestar en los padres, la rivalidad también cumple funciones importantes: les ayuda a desarrollar habilidades de afrontamiento, a resolver conflictos en entornos seguros, aprenden a defenderse, a luchar por lo que quieren, a compartir, a comprometerse e incluso a desarrollar las ganas por superarse.

La tarea de los padres no es tratar de pretender que no exista la rivalidad ni que los hermanos sean amigos, sino de trasmitir a cada niño que se puede sentir seguro, que es especial y además, ayudar a descubrir las recompensas de compartir y cooperar para que algún día, esos hermanos se vean como figuras de ayuda y bienestar. Será importante tratar de enseñarles valores y habilidades para manejarse ante los inevitables conflictos.

Algunas recomendaciones a tener en cuenta:

  • Reconoce los sentimientos negativos entre los hermanos. Cuanto más intentemos evitarlos “tienes que querer a tu hermano” “No digas eso”, más aparecerán. Todos necesitamos poder expresar nuestros sentimientos negativos, los niños también. Ojo, permitir sentimientos no es permitir actos, debemos enseñarles a expresar su enfado sin dañarse. Cuando un hermano viene quejándose del otro o se enfada con él, tratemos de ponerle palabras a sus sentimientos “no te gusta que…” “te molesta…” “esto te enfada…” y de expresar sus posibles deseos “te gustaría que…”. Muchas veces, únicamente con eso, el niño se siente comprendido y su angustia disminuye. Otra posibilidad es la de ayudar a demostrar el enfado de formas creativas: con un muñeco, dibujando, escribiendo…
  • Siempre tendremos que impedir la agresión física, separarles y pedirles que expresen su enfado y lo que desean con palabras. Es importante dejar claro, que en vuestra familia nadie pega.
  • Fomenta la empatía,  no sólo con el hermano

Empatía

  • No compares. Ni para bien ni para mal. Las comparaciones intensifican más la rivalidad. Es necesario valorar a cada niño de forma individual y si hay que compararlo, hacerlo sólo consigo mismo. Describe lo que ves, lo que te gusta, lo que te disgusta, lo que tiene que hacerse… pero sin mencionar al otro hermano.
  • No repetirles constantemente que “como son hermanos se deben llevar bien” , “deben jugar juntos” cuando les vemos en dificultades para hacerlo. Es preferible reconocer que hoy no están para jugar bien juntos y que es mejor que se separen.
  • No trates a los niños por igual. Cada uno tiene un trato único. Es importante mostrarles que a cada uno los quieres de forma especial, que cada uno tiene sus cualidades y darles según sus necesidades individuales como seres únicos.
  • Asigna responsabilidades a cada niño adecuadas a su edad.
  • No les  encasilles ni permitas que se encasillen “siempre le estás fastidiando” “eres un envidioso”. Las etiquetas (“el responsable”, “el inquieto”, “el inteligente”…) tanto positivas como negativas suponen una gran carga para los niños. Muchos niños que vienen a consulta (y muchos adultos también) sufren grandes problemas de ansiedad al tratar de mantener las etiquetas positivas con las que cargan y sentir que están defraudando si no las cumplen. Señala los comportamientos que te gustan y los que no, pero en la medida que puedas, no lo atribuyas al cumplimiento de un rol dentro de la familia.
  • Fomenta la cooperación: elogiando cuando consiguen realizar alguna tarea juntos, propiciando actividades en familia, haciéndolos partícipes de los proyectos familiares… Y a la vez respeta su individualidad, no tenemos que apuntarles a las mismas cosas ni obligarles a realizar las mismas actividades si tienen gustos diferentes. Es necesario mantener un equilibrio entre el tiempo que compartimos en familia y el espacio personal de cada niño. Cada niño necesita un tiempo a solas con su progenitor de vez en cuando, un tiempo en el que no se hable del otro hermano. Tampoco podemos obligarles a pasar mucho tiempo juntos si no tienen buena relación. Los hermanos no se eligen, y no tienen porqué ser amigos ni tener caracteres compatibles. Buscaremos actividades que compartir sin abusar de ellas. Es preferible que pasen poco tiempo juntos y separarlos antes de que comience el conflicto, poquito a poco podremos ir aumentando este tiempo si la relación va mejorando.
  • Cuando ellos estén presentes, evita hablar con otras personas de sus desacuerdos y haz hincapié en sus momentos buenos juntos.
  • Los hermanos no tienen por qué compartirlo todo. Habrá cosas que sean de ambos, y en otras cosas cada niño tendrá derecho de decidir cuales presta y cuales no.
  • Ayúdales a manejar los conflictos: Lo primero de todo es importante ser conscientes de cómo nosotros manejamos nuestros propios conflictos con nuestra pareja, con nuestros hijos y con el entorno en general… delante de los niños. El ejemplo siempre será lo que tenga más fuerza.

Ante las peleas cotidianas sin importancia, aunque nos sea difícil, la mejor opción es la          de tratar de mantenerse al margen, confiando en que sean ellos los que solventen el              problema por sí mismos. Si la pelea va en aumento y pensamos que se hace necesaria          nuestra intervención, una posible manera de actuar sería la siguiente:

1. Reconoce el enfado entre ellos “me parece que estáis enfadados”.

2. Escucha las diferentes opiniones y verbalízalas para que vean que has comprendido por un lado, y para que ellos mismos escuchen sus motivos de boca de otro.

3. Describe un resumen del problema “Vaya, parece que aquí hay dos niños que quieren jugar con el camión”

4. Reconoce la dificultad para resolver el problema

5. Expresa convencimiento en que ellos serán capaces de encontrar una solución que sea justa para los dos. Si pensamos que puede ser difícil podemos hacerles un par de sugerencias pero siempre dejando la decisión en sus manos.

6. Márchate y espera

Si no funciona, si hay abuso, si interfiere demasiado en la vida doméstica o si se repite con mucha frecuencia tendremos que optar por tomar una decisión nosotros dejando después un espacio para poder hablar de ello y consensuar unas normas que seguir ante problemas parecidos.

Cuando las dos partes están satisfechas, aunque no nos parezca justo, sería recomendable no intervenir.

En el caso de las peleas que son peligrosas y los niños llegan a las manos  es necesario pararlo de inmediato:

  1. Describe lo que ves, para que se hagan más consciente de lo que está ocurriendo
  2. Deja claro los límites
  3. Si no pueden resolver calmadamente lo que ha sucedido, sepáralos. A ser posible sin que ninguno se quede en la zona del conflicto. Si finalmente tenemos que castigar, es preferible que sea una consecuencia natural de su comportamiento “si no os ponéis de acuerdo en el programa que queréis ver, apagamos a tele”.

Y para terminar, un apunte más, cuando es uno de los niños el que pega al otro, muchas veces la tendencia es a prestar atención al agresor, regañándolo. Una buena opción es dirigir esa atención a la parte agredida “vaya, ¿Te duele? Deja que lo vea. Tu hermano tiene que aprender a pedir las cosas con palabras aunque esté enfadado”. No olvidemos que nuestra atención es un poderoso reforzador para bien o para mal

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BIBLIOGRAFÍA:

Hermanos, no rivales (2011). Adele Faber y Elaine Mazlish Ed: Medici

Ilustración sobre empatía tomada de Escuela de Superpadres