Archivos Mensuales: febrero 2014

Debido a proyectos laborales y personales, pongo fin a una etapa. Y solo puedo decir Gracias. Gracias Gracias Gracias a todas las familias que durante este tiempo me han hecho un hueco y me han permitido acompañarles en el peor momento de sus vidas. Dándome enormes lecciones de vida, de sacrificio, de entrega, de lucha, del significado de la paternidad, del aprecio por las pequeñas cosas, de vivir el presente, de valorar lo importante… . A TODAS y cada una de ellas las recordaré SIEMPRE

 
 
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Aprendiendo a perder

Primero comprendemos…

A nadie nos gusta perder. Si además hablamos de niños pequeños, como consecuencia del proceso evolutivo normal, esta dificultad es aún mayor. Algunos de los motivos de que esto ocurra son:

–          El mundo de los peques es muy egocéntrico. En los primeros tres o cuatro años suelen considerarse el centro, tienden a sentir que lo pueden todo sin poder ponerse en el lugar del otro.

–          Obviamente son emocionalmente  inmaduros y tienen dificultad para manejar el malestar que esas emociones les producen.

–          Viven muy anclados en el presente inmediato y les cuesta poder esperar o pensar en ganancias a medio o largo plazo

–          En los primeros años se produce el paso desde la protección familiar y ser el centro de atención, a participar en el  mundo fuera del ámbito familiar, donde empiezan a relacionarse con otros niños que también son el centro en sus familias y a los cuales tampoco les gusta perder.

–          No debemos olvidar que además,  entre los dos y cinco años nos encontramos también con la etapa de las rabietas. Recomendaría consultar más sobre esta etapa en entradas anteriores (Rabietas 1 y Rabietas 2) puesto que nos ayudarán a entender y manejar mejor las reacciones del niño.

Si a todo esto, le añadimos que hoy en día prima en la crianza la tendencia a tratar de complacer a los niños y a evitarles las frustraciones, y que,  culturalmente, vivimos en un mundo que valora la victoria y la competitividad de una forma muy explícita, la combinación de todo hace que sea muy complicada la tarea de aprender a perder.

Si además agregamos  factores dependientes de cada niño y situación (perfeccionismo de padres o niño, cansancio, sobre exigencias del entorno, impulsividad…),  se les puede hacer aún más dura la situación de derrota.

A los padres no les suele gustar que su niño se enfade cuando pierde, pero teniendo en cuenta todo lo anteriormente descrito, podemos entenderlo como algo normal que debemos manejar con paciencia. El mal perder está relacionado estrechamente con una baja tolerancia a la frustración en general. Uno se frustra cuando no consigue lo que quiere. La frustración es parte de la vida. No podemos evitarla, pero si podemos aprender a manejarla, y es la infancia el mejor momento para hacerlo. Un adecuado manejo de la frustración favorece el autoestima y el bienestar emocional.

Después actuamos…

A continuación veremos algunas recomendaciones a tener en cuenta para ayudar al niño en este proceso. Las pautas para el manejo de rabietas vistas anteriormente son útiles en este caso también, cuando el motivo de la rabieta es la sensación de fracaso.

–          Tratemos de no evitarle las pequeñas frustraciones del día a día y no concederle todo lo que desea en el momento en que lo hace. Dejemos que experimente, que se equivoque… siempre que no pongamos en riesgo su seguridad

–          No pretendamos convertir cada fracaso en un nuevo éxito, a veces simplemente se pierde y ya está.

–          Potenciemos la autonomía personal, no hagamos por ellos cosas que ellos puedan hacer.

–          Convirtamos la frustración en aprendizaje. Muchas de las situaciones en las que las cosas no salen como uno quisiera son una oportunidad para reflexionar y aprender cosas nuevas. “¿Qué ha pasado? ¿Qué podríamos haber hecho?”.

–          Actúa de modelo. Ante situaciones de frustración o perdiendo a un juego, trata de verbalizar en voz alta los pensamientos que te ayudan “que pena que perdí, pero no se puede ganar siempre” “he perdido, pero me he divertido mucho” “en la próxima se me dará mejor” para que el niño pueda ver que estrategias utilizas para controlar la situación. Es importante estar atento de cómo manejamos nosotros las frustraciones (no sólo perdiendo en un juego sino las adversidades en general) y qué es lo que le estamos trasmitiendo al niño. También tendremos que dar ejemplo en el manejo de la victoria y el trato que les damos a los vencidos (no podemos pedirles que tengan un buen perder o decirles que no pasa nada si pierden si cuando vemos un partido de fútbol nos regodeamos e insultamos a los perdedores). Se gane o se pierda debemos mostrar respeto con el adversario “he ganado, pero ha sido difícil, has jugado muy bien” “he ganado esta partida, pero eres un buen contrincante. No sé si podré ganarte la próxima vez”, “vaya, he perdido, felicidades, lo has hecho muy bien”.

–          Refuérzale cada vez que no consigue lo que quiere y lo expresa de manera adecuada.

–          Cuando juegues con él, es bueno dejarle ganar alguna vez para motivarle (sobre todo si tenemos mucha ventaja sobre él en el juego) pero no debemos hacerlo siempre. Para aprender a perder es necesario que pierda.

–          Valora el esfuerzo más que el resultado final

–          No se debe sobrevalorar su enfado cuando pierde, ni tampoco alabarle demasiado cuando gane, así conseguiremos que entienda que es normal que unas veces se gane    y otras se pierda.

–          No lo etiquetes. Esto incluye no hablar delante de él con los demás sobre lo mal que lleva el perder o contar sus berrinches por este tema. Guiémosle para que aprenda a perder pero no le digamos una y otra vez que no sabe hacerlo. Existe el peligro de que lo perciba como parte de su forma de ser, dañando su autoestima y haciendo más difícil el cambio.

–          Si ya sabemos que lo pasa muy mal cuando pierde, antes de empezar el juego o la competición podemos hablar con él y prepararle para la posibilidad de perder o de no conseguir lo que quiere.

–          No podemos permitir reacciones desproporcionadas y tendrá que retirarse del juego si es necesario hasta que se calme.

–          Cuando el niño se calme debemos hablarle de las consecuencias de su mal perder (rechazo de los demás, no disfrutar de los juegos….). Es necesario que entienda que a nadie le gusta perder y que es normal sentir cierto enfado, pero que es importante que aprenda que su propia valía no pasa por destacar siempre sobre los demás, sino por el esfuerzo y la ilusión puestos en la participación.

Su hijo es ecuánime

Os comparto para reflexionar un fragmento del libro Bésame Mucho: cómo criar a tus hijos con amor, de Carlos González, Editorial Temas de Hoy, 1ª ed. 2006.

ecuanime

Su hijo es ecuánime. Es decir, tiende a mantener un estado de ánimo estable. En palabras más sencillas, su hijo no es nada llorón.

¿Cómo que no, si se pasa el día llorando? Los niños pequeños, es cierto, lloran más a menudo que los adultos y por eso solemos decir que los niños son llorones.

¿Y si resulta que, simplemente, tienen más motivos para llorar?

«Es que lloran sin motivo», me dirá usted. «Lloran por cualquier tontería ». Lloran, según la edad, porque se les cae una torre de piezas de construcción, porque no les compramos un helado, porque les llevamos al médico, porque no vamos cinco minutos, porque no encuentran la teta a la primera, porque les cambiamos el pañal, porque les secamos el pelo… Ningún adulto lloraría por esas cosas, desde luego.

¿Y por qué lloraría usted? Haga un experimento: siente en su regazo a su hijo de uno o dos años y dígale las cosas más tristes que se le ocurran: «Te van a hacer una inspección de hacienda. » «Te han despedido del trabajo. » «Te están saliendo unas patas de gallo espantosas. » «Tu equipo de fútbol baja a segunda… » No llorará. Las cosas que nos hacen llorar a los niños y a los adultos son totalmente distintas.

Entre las cosas que con más frecuencia hacen llorar a un niño pequeño están:

— Separarse dos minutos de su madre.

— Intentar hacer algo que no le sale.

— Notar algo raro y no saber qué es.

— Necesitar algo y no saber cómo conseguirlo.

Todas ellas son cosas, para su desgracia, que pueden ocurrir (y ocurren) varias veces al día. En cambio, las cosas que nos hacen llorar a los mayores ocurren sólo de tarde en tarde. Por eso parece que somos menos llorones, pero no es cierto. Si nuestro equipo bajase a segunda varias veces al día, si nos despidiesen del trabajo cada mañana, si se muriesen cada día varios de nuestros mejores amigos, nos pasaríamos también el día llorando.