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Aprendiendo a perder

Primero comprendemos…

A nadie nos gusta perder. Si además hablamos de niños pequeños, como consecuencia del proceso evolutivo normal, esta dificultad es aún mayor. Algunos de los motivos de que esto ocurra son:

–          El mundo de los peques es muy egocéntrico. En los primeros tres o cuatro años suelen considerarse el centro, tienden a sentir que lo pueden todo sin poder ponerse en el lugar del otro.

–          Obviamente son emocionalmente  inmaduros y tienen dificultad para manejar el malestar que esas emociones les producen.

–          Viven muy anclados en el presente inmediato y les cuesta poder esperar o pensar en ganancias a medio o largo plazo

–          En los primeros años se produce el paso desde la protección familiar y ser el centro de atención, a participar en el  mundo fuera del ámbito familiar, donde empiezan a relacionarse con otros niños que también son el centro en sus familias y a los cuales tampoco les gusta perder.

–          No debemos olvidar que además,  entre los dos y cinco años nos encontramos también con la etapa de las rabietas. Recomendaría consultar más sobre esta etapa en entradas anteriores (Rabietas 1 y Rabietas 2) puesto que nos ayudarán a entender y manejar mejor las reacciones del niño.

Si a todo esto, le añadimos que hoy en día prima en la crianza la tendencia a tratar de complacer a los niños y a evitarles las frustraciones, y que,  culturalmente, vivimos en un mundo que valora la victoria y la competitividad de una forma muy explícita, la combinación de todo hace que sea muy complicada la tarea de aprender a perder.

Si además agregamos  factores dependientes de cada niño y situación (perfeccionismo de padres o niño, cansancio, sobre exigencias del entorno, impulsividad…),  se les puede hacer aún más dura la situación de derrota.

A los padres no les suele gustar que su niño se enfade cuando pierde, pero teniendo en cuenta todo lo anteriormente descrito, podemos entenderlo como algo normal que debemos manejar con paciencia. El mal perder está relacionado estrechamente con una baja tolerancia a la frustración en general. Uno se frustra cuando no consigue lo que quiere. La frustración es parte de la vida. No podemos evitarla, pero si podemos aprender a manejarla, y es la infancia el mejor momento para hacerlo. Un adecuado manejo de la frustración favorece el autoestima y el bienestar emocional.

Después actuamos…

A continuación veremos algunas recomendaciones a tener en cuenta para ayudar al niño en este proceso. Las pautas para el manejo de rabietas vistas anteriormente son útiles en este caso también, cuando el motivo de la rabieta es la sensación de fracaso.

–          Tratemos de no evitarle las pequeñas frustraciones del día a día y no concederle todo lo que desea en el momento en que lo hace. Dejemos que experimente, que se equivoque… siempre que no pongamos en riesgo su seguridad

–          No pretendamos convertir cada fracaso en un nuevo éxito, a veces simplemente se pierde y ya está.

–          Potenciemos la autonomía personal, no hagamos por ellos cosas que ellos puedan hacer.

–          Convirtamos la frustración en aprendizaje. Muchas de las situaciones en las que las cosas no salen como uno quisiera son una oportunidad para reflexionar y aprender cosas nuevas. “¿Qué ha pasado? ¿Qué podríamos haber hecho?”.

–          Actúa de modelo. Ante situaciones de frustración o perdiendo a un juego, trata de verbalizar en voz alta los pensamientos que te ayudan “que pena que perdí, pero no se puede ganar siempre” “he perdido, pero me he divertido mucho” “en la próxima se me dará mejor” para que el niño pueda ver que estrategias utilizas para controlar la situación. Es importante estar atento de cómo manejamos nosotros las frustraciones (no sólo perdiendo en un juego sino las adversidades en general) y qué es lo que le estamos trasmitiendo al niño. También tendremos que dar ejemplo en el manejo de la victoria y el trato que les damos a los vencidos (no podemos pedirles que tengan un buen perder o decirles que no pasa nada si pierden si cuando vemos un partido de fútbol nos regodeamos e insultamos a los perdedores). Se gane o se pierda debemos mostrar respeto con el adversario “he ganado, pero ha sido difícil, has jugado muy bien” “he ganado esta partida, pero eres un buen contrincante. No sé si podré ganarte la próxima vez”, “vaya, he perdido, felicidades, lo has hecho muy bien”.

–          Refuérzale cada vez que no consigue lo que quiere y lo expresa de manera adecuada.

–          Cuando juegues con él, es bueno dejarle ganar alguna vez para motivarle (sobre todo si tenemos mucha ventaja sobre él en el juego) pero no debemos hacerlo siempre. Para aprender a perder es necesario que pierda.

–          Valora el esfuerzo más que el resultado final

–          No se debe sobrevalorar su enfado cuando pierde, ni tampoco alabarle demasiado cuando gane, así conseguiremos que entienda que es normal que unas veces se gane    y otras se pierda.

–          No lo etiquetes. Esto incluye no hablar delante de él con los demás sobre lo mal que lleva el perder o contar sus berrinches por este tema. Guiémosle para que aprenda a perder pero no le digamos una y otra vez que no sabe hacerlo. Existe el peligro de que lo perciba como parte de su forma de ser, dañando su autoestima y haciendo más difícil el cambio.

–          Si ya sabemos que lo pasa muy mal cuando pierde, antes de empezar el juego o la competición podemos hablar con él y prepararle para la posibilidad de perder o de no conseguir lo que quiere.

–          No podemos permitir reacciones desproporcionadas y tendrá que retirarse del juego si es necesario hasta que se calme.

–          Cuando el niño se calme debemos hablarle de las consecuencias de su mal perder (rechazo de los demás, no disfrutar de los juegos….). Es necesario que entienda que a nadie le gusta perder y que es normal sentir cierto enfado, pero que es importante que aprenda que su propia valía no pasa por destacar siempre sobre los demás, sino por el esfuerzo y la ilusión puestos en la participación.

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¡A jugar!

Efectivamente, si tuviéramos que decidir cuál es la tarea fundamental de los niños, diríamos que es el juego. Ya en la anterior entrada quise dejar caer alguna pincelada sobre su importancia, pero quisiera aprovechar para hacer hincapié y concretar brevemente algunos de sus beneficios.

El juego, más allá de la diversión y el placer (que también son importantísimos, pero de los que ya somos más conscientes) cumple importantes funciones dentro del desarrollo físico, intelectual, emocional y social de los niños. Repasemos algunas de ellas:

  • A nivel  físico  estimula la psicomotricidad fina y gruesa, la coordinación, el equilibrio y la fuerza. Además ayuda a descargar energía.
  • En el plano intelectual desarrolla, entre otras funciones cognitivas: la atención, la memoria, la capacidad para resolver problemas, la compresión y expresión del lenguaje, la creatividad, la curiosidad y la imaginación.
  • En el plano social le ayuda a establecer fuertes lazos, estimula la empatía (saber ponerse en el lugar del otro a través de los cambios de roles), y entrena diferentes destrezas sociales como la capacidad de compartir, cooperar, competir, negociar, seguir reglas…
  • Respecto al desarrollo afectivo y emocional impulsa la autoconfianza, el autocontrol, el manejo de la frustración y la satisfacción emocional. A través del juego manifiestan fantasías, deseos y temores. La función más importante desde este plano, es que es uno de los principales instrumentos que el niño emplea  para expresar y elaborar sus diferentes emociones.  El juego, al igual que el dibujo, como medios de expresión en el niño, podrían equipararse al lenguaje verbal en el adulto. Es por ello, que es especialmente importante fomentarlo cuando el niño está atravesando alguna situación o cambio complicado.

Gracias al juego el niño puede sentir libertad para experimentar, explorar el mundo y cometer errores, aprender a solucionar problemas y tomar de decisiones dentro de un entorno seguro y conocido. El juego prepara al niño para el mundo.

Con relación al juego en familia se agregan beneficios adicionales:

–          Nos da la oportunidad de compartir tiempo con nuestros niños, de conocerles, de entrar en su mundo y estrechar nuestros lazos con ellos

–          Les enseña como las relaciones pueden ser gratificantes, extendiéndose a la búsqueda de otras relaciones positivas en el entorno.

–          Establecer un tiempo de juego  compartido de manera regular mejora nuestra relación con ellos, les hace ganar seguridad, disminuye su necesidad de llamar la atención por otros medios más indeseados y aumenta su cooperación con nosotros. En este sentido, es importante que se organicen las actividades y enseñarles que hay un tiempo para cada cosa, es importante diferenciar cuando estamos jugando y cuando no.

–          En el caso de los hermanos,  el juego satisfactorio entre ellos durante la infancia también influye en su relación el futuro, por tanto es importante potenciarlo. Algunas ideas para hacerlo son programar actividades en familia, deportes, juegos de mesa, proponiendo  preparar juntos una sorpresa para otro familiar, prestándoles una videocámara para que hagan un reportaje… No importan los encontronazos y las peleas siempre que sean compensadas con tiempo de disfrute juntos.

Y en general, cuanto más disfruten del tiempo que pasen con la familia, más valor darán a las relaciones y más tenderán a relacionarse de manera sana en el futuro. No olvidemos que cada vez que el niño obtiene una experiencia positiva dentro de la familia, más les motivamos a relacionarse con los demás de la misma manera y buscarán relaciones que le satisfagan en ese sentido.

¡Así de importante es el juego! Y lo mejor, es que todo esto lo hace sin la necesidad de dirigirlo ni buscar a propósito ningún fin.

¡¡Un palo!!

“La vuelta a la sencillez”: claro mensaje de una nueva campaña publicitaria de una conocida marca (quien aún no haya visto los anuncios, los adjunto al final). No es mi intención hacer publicidad, pero sí es un spot que invita a reflexionar y que me ha llevado a la redacción de esta entrada.

Es cierto que a día de hoy, tanto los niños como los adultos, estamos cargados de estimulación por todas partes: cada vez el entorno deja menos espacio a la imaginación. Televisiones con imágenes cada vez más reales, películas con grandes efectos especiales, juguetes sofisticados que no pierden detalle…

No es cuestión de criticar o renegar del mundo en el que vivimos ni del progreso, es evidente que también es necesario para nuestra adaptación y nuestro desarrollo. Es importante introducir a los niños en el mundo de la tecnología puesto que será su futuro. Sin embargo, a raíz de esta nueva campaña publicitaria, he decidido hacer un inciso para recordar “que la virtud está en el término medio”, y que, sin desterrar el uso de las nuevas tecnologías y los juguetes modernos,  no debemos dejar de lado un espacio para la sencillez y la necesidad del empleo de la imaginación y la espontaneidad sin que el juguete en sí “se lo dé todo hecho”.

Algunas ideas con respecto al juego con nuestros niños podrían ser:

–          Atiende a su imaginación y foméntala. Muchas veces ellos inician por si mismos estos tipos de juegos imaginativos: parémonos a escucharles, interesémonos, compartamos el juego. En general, los niños no necesitan que se los estimule su creatividad, muchas veces simplemente necesitan que no se la inhibamos.

–          Sal al aire libre: el parque, el campo, la plaza…  Son lugares donde los niños suelen emplear bien su propio cuerpo o bien cualquier objeto del entorno para jugar.

–          No busquemos que aprendan todo el rato ni tratemos de hacer didácticos todos sus juegos, no tiene que ser todo perfecto ni salir todo bien. Jugar sin otro objetivo más que el jugar ya es en sí mismo positivo. En muchos países nórdicos, con un sistema educativo envidiable, hasta la entrada en la educación primaria los niños se dedican sólo al juego libre en las escuelas.

–          No pretendamos distraerles todo el tiempo, dejémosles espacios para que encuentren su modo. No les guiemos ni sugiramos todo el tiempo qué pueden hacer cuando están aburridos. Confía en qué encontrarán la forma de distraerse.

–          Utilicemos alternativas a los juguetes, dejémosle jugar con cosas que ya no utilicemos o que no pueden dañar. Muchas veces a los niños les encanta jugar con objetos reales que tenemos en casa (un teléfono estropeado, telas…)

–          Enséñales a qué jugabas cuando eras pequeño.

–          Utiliza juegos de improvisación (teatro, inventar historias a partir de determinadas palabras, comenzar una historia y que cada uno tenga que continuarla por turnos…). Este tipo de juegos ayuda además a aprender a reaccionar ante cambios inesperados.

–          Sigámosle su juego y poco a poco vayamos introduciendo elementos “este cojín de aquí era el colegio ¿te parece?”. Siempre respetando su imaginación y evitando  imponer la lógica y las reglas adultas, especialmente en los más pequeños “pero si las vacas no vuelan”.

–          Dejemos que el niño trate de solucionar los problemas que vayan surgiendo durante el juego, no les ofrezcamos las soluciones de inmediato.

–          Tener en cuenta que el desorden forma parte del juego. Estar todo el tiempo pendiente de que no se manchen y de que no desordenen resulta muy frustrante tanto para los padres como para los niños. Nos encargaremos de ello después del juego.

–          Y recordemos que no es tan importante el tipo de juguete que ofrezcamos a nuestros niños como el tiempo que les dediquemos a jugar con ellos, juego real, sin estar pendiente de otras cosas más que de jugar con él, aunque sólo sean unos minutos al día. Dedicar tiempo para el juego es tan importante como otras formas de cuidarlo, dejemos un espacio al día para entrar en su mundo, ya que el niño tiene que adaptarse al nuestro el resto del día. Aprenderemos a conocerle, aprenderemos de él y él aprenderá de nosotros.