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Cómo vaya, vas a llorar con razón

Elijo esa frase como título por ser una de las que más escuchamos probablemente en nuestra infancia como amenaza (y no deja de ser curiosa cuando es la emoción y no la razón la que está relacionada con el llanto). En el post de hoy quiero hablar de los cachetes, los azotes y las amenazas de hacerlo como instrumento para modular la conducta de los niños.

Antes de nada, quiero aclarar que cuando hablo de pegar en este artículo, no hablo de palizas, de pegar al niño de manera habitual, de hacerle marcas, de causarle dolor físico… ese es un tema a parte, que tiene que ver con maltrato grave penado por la ley que no admite discusión alguna. De lo que voy a hablar, es de una parte más sutil, donde los límites entre lo que está bien y mal son difusos para la mayoría de las familias, donde la mayoría de las personas han vivido o están viviendo. Una parte que entra dentro de la normalidad en la mayoría de nuestras casas.

El objetivo de la entrada no es moralista ni decir lo que uno tiene que hacer o no con sus hijos. El objetivo es únicamente que al menos, cuando uno lo hace, lo haga siendo consciente de lo que estoy transmitiendo, y que pueda elegir hacerlo o no teniendo claro  si realmente esa era la lección que pretendía transmitir al niño. El objetivo es que tengáis toda la información para poder decidir. Porque a veces creemos que el mensaje es “eso no se hace”, pero acompañado de ese mensaje van otros de manera implícita más importantes de los que muchas veces no somos conscientes. 

Parece que todos estamos de acuerdo cuando queremos trasmitir a nuestros hijos: “Nadie tiene derecho a pegarte. No tienes derecho a pegar a nadie” (¡Cuántas cosas se arreglarían en el mundo si consiguiéramos con éxito dar siempre ese mensaje!), pero a veces no sabemos bien cómo es la mejor manera de hacerlo. 

Pegar a seres indefensos está mal. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. En cualquier intensidad. No vamos a traumatizar a ningún niño por darle un azote flojo puntual, de verdad, no creo que eso les traumatice ni dañe nuestra relación con ellos, pero si tenemos que ser conscientes de la lección que realmente le estamos transmitiendo.

Voy a hacer un pequeño inciso sobre el cerebro antes de continuar. A grandes rasgos, podemos decir que el cerebro puede dividirse en tres áreas diferenciadas, algunos autores hablan de tres cerebros: 1) el neocortex o corteza cerebral,  la parte  más externa del cerebro, a la que también llamamos corteza; 2) el cerebro límbico;  y 3) el cerebro reptiliano. La corteza es la encargada de las funciones más desarrolladas y complejas del ser humano como la capacidad de planificación, reflexión, control de impulsos, aprendizaje, moralidad, toma de decisiones…. Está parte del cerebro se irá desarrollando a medida que el niño crece, por lo que durante la infancia no funciona a pleno rendimiento. Bajo la corteza, encontramos el cerebro límbico que es emocional, reacciona de manera no consciente, trata de protegernos, reacciona como una alarma ante los peligros y busca la acción rápida. El cerebro reptiliano es la parte más  primitiva encargado de las funciones vitales básicas (respiración, sueño, hambre…). Tanto el cerebro límbico como el reptiliano funcionan desde el inicio porque son indispensables para la supervivencia y son los más instintivos y básicos del ser humano como animal.La corteza actua como filtro y selecciona ante que información responder y cómo hacerlo de la manera más adecuada. Bueno, creo que esta burda explicación puede ser suficiente para entender lo que pretendo contaros.

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Como ya he dicho, los niños no tienen desarrollado al 100 × 100 la corteza cerebral, pensad que si ya es complicado para nosotros muchas veces actuar de manera reflexiva y controlar la parte instintiva y emocional, cómo puede ser hacerlo cuando  la corteza aún está inmadura.  Por todo esto, es más fácil que los niños se dejen llevar por este impulso instintivo. Por tanto, en la niñez es muy fácil aprender la conducta de “pegar” como parte de nuestro comportamiento habitual ya que es una conducta que aparece de manera instintiva. Pegar, para los niños,  es un reflejo de defensa muy primitivo.  Si tenéis hijos o niños cerca, habréis observado, que desde bien bebés, el impulso a golpear es frecuente cuando se frustran en la mayoría de ellos. Hasta que con la ayuda del desarrollo de la corteza y la educación,  pueden conocer otras formas de manejar esa frustración. Unos niños tardarán más que otros. 

El adulto tiene un papel importante en el óptimo desarrollo de la corteza del niño. De alguna manera, podemos decir que en los primeros años se convierte en su corteza, siendo quién le enseñe a regular toda esa parte instintiva. Y a lo que voy, si le pego, no estoy siendo “corteza”, estoy reforzando el actuar desde el impulso.

Bueno, y todo esto, solo para tratar de dar a entender que antes de amenazar con pegar a un niño o darle un pequeño cachete, debo ser consciente de que:

  • Para los niños, los padres somos perfectos. Lo que nosotros hagamos está bien.  Somos un modelo a imitar. Somos su guía de vida. 
  • El ejemplo es la manera más potente de profundizar un aprendizaje.
  • Los niños no entienden de intensidad. No vale ” si le doy en el pañal, no le hago daño”, “en el culo si, la cara no”. Los niños no son tan sutiles, lo que le estoy enseñando es que golpear está bien, da igual como lo haga. Los niños no tienen medida.
  • El mensaje que le hago llegar es: pegar está bien para conseguir lo que uno quiere. Pegar me da poder.
  • Cuando pego es porque he perdido el control. Es una conducta no controlada que libera rabia. Si lo que quiero es que el niño aprenda autocontrol tengo que plantearme si es la forma correcta de hacerlo.
  • El solo hecho de amenazar ya está trasmitiendo que pegar es algo lícito, planteo esa conducta como posible y válida para conseguir mis objetivos. 
  • También trasmitimos mensajes subliminales de “Te hago daño porque te quiero” “Te hago daño porque te lo mereces” no hace falta que diga lo dañino que puede ser trasmitir este mensaje para relaciones futuras.

Si no obstante, pierdo el control (como humanos que somos y costumbres heredadas de nuestros padres), y lo hago, recuerda siempre que rectificar es de sabios. Pide perdón y habla con el niño sobre que no está bien lo que has hecho y tratarás de no hacerlo más. Tenga la edad que tenga.

Recuerda que no le has pegado porque su conducta lo merezca, le has pegado por tu falta de recursos para manejar la situación y tu frustración, o bien porque en tu casa se hacía así. A día de hoy hay tanta información sobre crianza con la que nuestros padres y abuelos no contaban, que no podemos escudarnos en lo que ellos hacían. Es nuestra responsabilidad aprender, informarnos y avanzar en ofrecer una crianza con límites y respeto.

De verdad creo que está en nuestras manos cambiar el mundo.

(Pretendía escribir una entrada corta y al final se me ha ido de las manos, perdón por la extensión y gracias a los que habéis llegado hasta el final 😉 ).

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Papá / Mamá está enfermo/a (parte III)

Continuamos con la penúltima parte de la serie de entradas dedicadas al manejo de los niños cuando un progenitor está padeciendo un proceso oncólogico. En esta ocasión, haré a alusión a otras inquietudes frecuentes que suelen ser consulta de los padres como las posibles reacciones de sus hijos y las respuestas ante preguntas difíciles.

Reacciones de los niños ante la comunicación del diagnóstico

Las reacciones de los niños son muy variadas y pueden encontrarse desde una gran alteración hasta la indiferencia. Cada niño es diferente. Los padres por lo general son quienes conocen mejor a sus hijos y pueden esperar que reaccionen de acuerdo a la forma típica de su personalidad, aunque hay veces que pueden sorprendernos.

La dificultad que tienen los niños para expresar lo que sienten puede que haga que sólo podamos intuirlo a través de su comportamiento. Puede ser útil ayudarle a poner palabras a lo que está pasando. Por ejemplo, ver a sus hijos que pelean más entre sí, puede ser una forma de mostrar que están alterados. Los padres pueden poner esto en palabras al decir “sé qué todos estamos preocupados ahora, pero hablemos de ello en lugar de estar peleándonos”.

Otra posible reacción es la regresión a etapas menos maduras, así pueden empezar a tener conductas que ya estaban superadas como hacerse pis, chuparse el dedo… puede que les cueste más separarse se los padres o tengan mayor dificultad para prestar atención en el colegio. En este sentido tendremos que darle un tiempo de adaptación, sin regañarles pero a la vez tratando de fomentar poco a poco de nuevo su autonomía y reforzándole los logros.

Recordemos que los niños también necesitarán su tiempo para adaptarse a todos los cambios.

En la mayoría de los casos, los niños a los que se les ha contado la verdad sobre lo que está pasando al comienzo de la enfermedad, reaccionan con menos ansiedad que aquellos cuyos padres que tratan de ocultárselo o evitan responder a sus preguntas.

Esto no significa que se tenga que decirles todo en una sola ocasión, puede hacerse poco a poco especialmente cuando son más pequeños. Si desconoce la respuesta a alguna pregunta no hay que temer reconocerlo, si es posible, diles que tratarás de averiguarlo.

 

Preguntas difíciles: ¿te vas a morir?

Muchas veces la primera reacción natural a esta pregunta es la de “no preguntes tonterías“. Pero lo cierto es que la mayor parte de la angustia de las familias es debida a esta pregunta. Una pregunta que, en realidad, todos los miembros en algún momento tienen en mente. A la hora de responderla, es importante admitir que es igual de temerosa para todos. También es difícil para el niño y es posible que no se atreva a hacerla directamente, por lo que a veces, si vemos que es algo que les está inquietando, es incluso recomendable tocar el tema aunque ellos no pregunten.

En general, no hay forma de saber desde un comienzo si una persona morirá de cáncer. Depende de muchos factores, cada cáncer, cada paciente y cada respuesta al tratamiento es diferente. El cáncer es una enfermedad grave pero muchas veces no es mortal. Mientras tanto la familia debe concentrarse en cómo pueden vivir con la enfermedad. Dependiendo de la situación, las posibles respuestas que darles a los niños serán diferentes. Estos son algunos ejemplos en función de diferentes grados de gravedad:

 

“Es verdad que algunas veces las personas mueren de cáncer. Yo no espero que esto vaya a pasar por que los doctores me han dicho que los tratamientos de ahora son muy buenos, y mi tipo de cáncer por lo general se mejora con el tratamiento”.

– “Los doctores me han dicho que mis probabilidades de curar son muy buenas. Voy a pensar en eso hasta que tenga razones para pensar en otra cosa. Espero que también pienses en eso y te avisaré si me entero de cualquier otra novedad.”

– “No hay forma de saber ahora mismo qué es lo que pasará. Lo sabremos una vez que haya terminado con las primeras sesiones del tratamiento. Cuando me informen más, puedes estar seguro(a) que te lo diré.”

– “Por el momento no hay mucho que se sepa sobre el tipo de cáncer que tengo, pero tanto yo como los médicos haremos todo lo que podamos  para recuperarme.”

– “Mi tipo de cáncer es difícil de tratar pero haré todo lo que pueda para recuperarme. Nadie puede saber por el momento qué pasará más adelante. Lo que sí puedes saber con seguridad es que seré honesto(a) contigo sobre lo que esté pasando. Si no puedes dejar de preocuparte, por favor dime para que podamos juntos buscar cómo tranquilizarnos.”

– “La situación es muy difícil y no parece que vaya a poder recuperarme, todo el mundo está haciendo todo lo que puede para cuidarme, es importante que nos centremos en el día a día”

 

Sin importar las palabras que utilicéis, una de las cosas más importantes que los padres deben expresar claramente a sus hijos es su deseo de hablarles con la verdad. Esto no significa que haya que decirles todo lo que sabemos nada más saberlo. Significa que hay que dar a los niños información verídica, cuando necesitan tenerla, para poder afrontar adecuadamente lo que les está sucediendo día a día. Una madre o padre podría decir, por ejemplo:

“No quiero que te preocupes sobre el futuro en este momento. Hablemos sobre lo que está pasando ahora mismo. Si esto llegara a cambiar, te prometo que te lo diré. Siempre trataré de decirte la verdad. Quiero que me hagas cualquier pregunta que tengas y haré lo posible por contestarla”.

Papá / Mamá está enfermo/a (parte II)

Continuando con la entrada anterior, en ésta me centraré en qué tipo de información darles a los niños y cómo hacerlo.

 

¿De qué informar?

A la hora de dar la información debemos tener en cuenta tanto la edad del niño como su personalidad. Son los padres los que mejor conocen a sus niños y quizás sean ellos, una vez pasado el primer gran impacto, los que encuentren la mejor manera de hacerlo. Desde aquí presento unas pautas generales que podría ser útil tener en cuenta.

En general, los niños pequeños (menores de 8 años aproximadamente) no necesitan mucha información detallada, mientras que los más mayores (a partir de 8 y adolescencia) quizás necesiten dar respuesta a más preguntas. Es importante mantener el equilibro entre dar muy poca información y dar demasiada.

Hasta los 2 años, lo único que precisan saber los niños respecto a la enfermedad es que su padre/madre está malito, así como ir contándole, sin demasiada anticipación, los grandes cambios que se van a ir produciendo en sus rutinas o en el padre enfermo.

Entre los 3 y los 5 años, predomina en los niños el miedo a separarse de los padres y a los extraños. Será importante comentarles que papá/mamá está malito/a, que necesita un tratamiento y que tendrá que ir muchas veces al hospital pero que siempre habrá alguien que cuide del niño.

 Alrededor de los 6 años, ya suelen tener un buen conocimiento del cuerpo y son capaces de entender de cierta manera la enfermedad, necesitarían saber la siguiente información básica:

–          El nombre del cáncer

–          El lugar del cuerpo donde se encuentra

–          Cómo será el tratamiento

–          Los cambios que se producirán en sus vidas y los preparativos que los cuidadores harán para que sean atendidos siempre.

Los dos últimos puntos se podrán ir introduciendo sucesivamente según vayan ocurriendo los acontecimientos.

Para tratar de entender en qué consiste la enfermedad, una opción puede ser decirles  que al igual que las casas están formadas por ladrillos, el cuerpo humano está formado por células. Todas las partes del cuerpo están formadas por células. Cuando alguien tiene cáncer, significa que algo está mal en alguna de esas partes y no hace lo que se supone que debería de hacer. Con el tiempo, algunas de esas células han dejado de funcionar bien y no dejan trabajar al resto. A veces esas células malas forman bultos o tumores que no deberían estar ahí. Es importante poner un tratamiento para eliminar esas células malas y evitar que viajen a otras partes del cuerpo.

Puede que algunos niños no tengan preguntas al inicio, pero es importante decirles que si más adelante las tienen, siempre pueden hacerlas.

Otra opción puede ser el uso de cuentos, si bien la mayoría de los cuentos a cerca de esta temática están dirigidos al cáncer de mama. Algunos de los ejemplos más conocidos son: Mamá se va a la guerra, Una flor de repuesto para mamá, Nos lo dijo Pepe y Qué te ocurre mamá (éstos últimos de descarga gratuita pulsando sobre el título).

A partir de los 8 años pueden comprender explicaciones más complejas, puede que quieran ver imágenes de células cancerosas o leer sobre el tratamiento contra el cáncer. Lo importante es mantenerse disponible e ir respondiendo a sus preguntas.

 

En general, en todas las edades, si se va a perder el cabello o se van a sufrir otros cambios físicos evidentes, es importante avisarles de ello para que no teman cuando esto suceda.

Ante las hospitalizaciones, los niños necesitan saber dónde será, por cuánto tiempo si se puede, qué es lo que ahí sucederá, si podrán visitarle o al menos llamar y quién se hará cargo de ellos. Además, la gente a menudo experimenta ansiedad durante el tratamiento, por lo que se deberá decir a los hijos que mamá o papá podrían estar un poco gruñones o irritables, pero que no sientan que es por culpa de ellos.

 

Existen otras preocupaciones que suelen aparecer en los niños a las que hay que estar alerta:

  • Creencia de que algo que ellos hicieron pudo haber causado la enfermedad. Los niños, en especial los más pequeños, pueden ser muy imaginativos y creer que tienen el poder de provocar todo tipo de cosas. Los padres pueden decirles algo como “los médicos nos dijeron que nadie puede hacer que alguien contraiga cáncer, es algo que ninguno de nosotros hizo que pasara”. Es mejor no esperar a ver si los niños pregunten sobre esto, porque podrían estar sintiéndose culpables sin expresarlo.
  • Creencia de que el cáncer pueda ser contagioso, que todas las personas que tienen cáncer mueren a raíz de la enfermedad, o que ellos o el otro padre lo desarrollarán. Es bueno corregir estas ideas antes de que los niños tengan la oportunidad de preocuparse. La gente a veces habla sobre el cáncer y su tratamiento como si todos los casos fueran iguales para todas las personas. Pero no es así. Los diferentes tipos de cáncer se comportan de manera distinta y requieren de tratamientos distintos, y cada persona reacciona de manera diferente a un mismo tratamiento. Asegúrese de que sus hijos entiendan esto. Podemos preguntarles qué saben del cáncer antes de explicárselo nosotros para poder corregir algunas ideas erróneas.
  • Sobre todo en adolescentes, es muy probable que obtengan información de la enfermedad a través de sus amigos o por Internet, mucha de esta información puede no ser fiable. Deberíamos trasmitirle que el cáncer es una enfermedad que evoluciona de forma diferente en cada persona, que no puede fiarse de toda la información que encuentre y que debe preguntar y contrastar todas sus dudas con los adultos de confianza.
  • Es importante trasmitir que:

    • Aunque es normal estar preocupado, toda la familia es fuerte y participará en conjunto para lidiar con la enfermedad y el tratamiento.

    • Aunque el padre enfermo no pueda pasar tanto tiempo con ellos, los hijos seguirán siendo queridos y atendidos durante todo el transcurso de la enfermedad.

    • Si tienen dudas acerca de la enfermedad siempre pueden preguntar

La información debe adaptarse a las diferentes fases de la enfermedad:

  • Al inicio…

Se puede comenzar recordándoles algún acontecimiento significativo relacionado con la enfermedad “¿te acuerdas cuando el otro día mamá no se encontraba bien y no pudimos ir al parque?”, de esta manera los niños podrán ir enlazando y comprendiendo la situación. A partir de ahí, es mejor que el progenitor se lo cuente con sus propias palabras, dejándose llevar por las preguntas del niño. El hecho de saber que pueden expresar sus preocupaciones ya les tranquiliza. Una vez que le hemos explicado los puntos básicos que ya hemos  comentado, es importante hacerles ver que todo el mundo va a hacer todo lo posible para “cuidar” a su padre enfermo. Es recomendable no prometer nunca una curación.

  • Si la enfermedad avanza…

Explícales todo lo que se ha hecho para cuidar a papá o mamá y recalca que todo el mundo hace todo lo que puede para curarlo, pero que no podemos estar seguros de poder conseguirlo.

  • Si se agotan las posibilidades de tratamiento curativo…

Es importante decirles que todo el mundo ha hecho todo lo que ha podido y ha sabido hacer para ayudar a papá o mamá, pero no se ha conseguido. Antes o después se planteará la cuestión de la muerte y es importante ir avisando de esto de manera progresiva.

 

Importante:

  • No mentirles: no decir que el enfermo está de viaje cuando está en el hospital
  • No hacer chantaje con la curación: si estudias, si eres bueno… papá se va a curar
  • No prohibir ir al hospital si pueden hacerlo, pero sí prepararles ante lo que se van a encontrar cuando vayan
  • No permitir que ocupen el lugar de la madre o padre enfermo.
  • No trasmitirles preocupaciones adicionales (destalles médicos innecesarios, preocupaciones económicas, malestar con el equipo médico, resultados que no llegan…)
  • Cuidado con expresiones como “me agotas” “me matas” que pueden provocar culpa.
  • Si algún miembro de la familia ha fallecido antes de cáncer, puede que los niños anticipen que ocurrirá de nuevo. Puede ser recomendable explicarles que hay más de 100 tipos de cáncer y muchas clases de tratamiento. Necesitan saber que cada persona responde de manera diferente al tratamiento. Y que además el tratamiento contra el cáncer mejora cada año y todo el tiempo se están probando nuevas formas de tratarlo.

 

 

¿Cómo informar?

  • Buscar un lugar tranquilo y un momento en el que no vaya a haber interrupciones.
  • Emplear palabras claras, frases sencillas y cortas.
  • Buscar un momento en el que los padres están calmados. Esto no significa que no haya que mostrar preocupación sino en no mostrar un gran desbordamiento. No importa que los hijos vean a sus padres llorar a veces. Los padres pueden admitir que es un momento triste, que el cáncer es una enfermedad importante y es normal preocuparse, pero que la familia puede sobrellevar esa situación. Esto también les dará “permiso” a los niños para mostrar su propia preocupación.
  • Es importante ir dejándose guiar por las preguntas del niño. Si en un momento dado, el niño comienza a hablar de otra cosa, empieza a distraerse o manifiesta su deseo de ir a jugar, este será el momento adecuado para finalizar la conversación, no sin antes transmitirle que cuando él lo necesite podrán continuar hablando
  • Situaros cerca del niño, donde el contacto físico sea posible
  • Si hay hermanos… Es posible que la mejor opción sea hablar con cada uno por separado, esto permitirá:
    • Adaptar la información a cada edad y nivel de comprensión del niño.
    • Poder estar más atento de cada reacción
    • Facilitar que el niño pueda hacer preguntas si no hay otros niños o distracciones.
    • Cada uno demandará el nivel de información que necesite en ese momento
  • Después de darle la información acoger su respuesta emocional.

Hay que confiar en su capacidad para afrontar la situación. Lo importante es que mantengan la confianza en sus padres

 

Papá / Mamá está enfermo/a (parte I)

El diagnóstico de una enfermedad importante como puede ser el cáncer crea una crisis en todas las familias generando una enorme cantidad de incertidumbre y de angustia. En las familias con hijos, podemos añadir el temor a cómo pueden reaccionar los menores. Muchas veces, la tendencia a protegerlos hace que el primer impulso sea el de mantenerlos al margen e incluso engañarles, sin embargo, como veremos a lo largo de las próximas publicaciones, los niños necesitan saber la verdad. Una verdad adaptada a su edad, su personalidad y sus circunstancias.

Lo primero de todo, tenemos que tener en cuenta que los niños tienen una perspectiva de la vida muy diferente a la de los adultos, y que aunque parecen frágiles, tienen más capacidad de la que pensamos para sobrellevar la situación. Aunque no podemos evitar cierta parte de sufrimiento inherente al diagnóstico de la enfermedad y los cambios consecuentes, sí podremos tomar ciertas medidas para no convertir la situación en algo traumático para ellos. En la mayoría de las ocasiones, los adultos se van a sorprender de la capacidad de adaptación que pueden llegar a tener los niños.

Sucesivamente publicaré una serie de entradas en las que trataré de responder a las preguntas más frecuentes que se hacen las familias sobre cómo lidiar con este tipo de información y cómo ayudar a los niños.

Aunque en todas las entradas haremos referencia al cáncer, la información proporcionada puede adaptarse al diagnóstico de otro tipo de enfermedades.

 

¿Por qué informar?

Algunos de los motivos por los que es importante informar a los niños son los siguientes:

1)      La imaginación en muchos casos puede ser peor que la realidad.

Aunque los niños son muy buenos observadores y siempre perciben cuando algo va mal,  les cuesta interpretar lo que ocurre. Cuando no les decimos lo que está pasando, lo que suele suceder es que su imaginación se dispara, pudiendo ser ésta incluso peor que la realidad. A veces decís ¿Y qué puede ser peor que la realidad? Pues por ejemplo,  un niño puede pensar que lo que está ocurriendo es culpa suya o que sus padres ya no le quieren. Nunca subestimemos la imaginación de los niños. Cuanto más tiempo pasa desde que se ha formulado sus propias explicaciones, más difícil será corregirlas.

2)  Pérdida de confianza y seguridad.

Si le mentimos, una vez que sepa la verdad, puede haber dejado de confiar en nosotros y que se sienta inseguro ante nuevas informaciones. Los niños quieren saber la verdad y es necesario que lo sepan por sus padres, ya que si se enteran por terceras personas como por ejemplo algún compañero de clase o algún vecino, y descubren que no se les ha dicho la verdad, la confianza será muy difícil de recuperar.

3)  Puede suponer aislamiento en el niño respecto de su familia y hacer las cosas más difíciles para él.

Necesitan sentirse parte de la familia. Al dejarlo al margen de lo que sucede, puede sentirse solo y desligado, puede encontrarse angustiado y no comunicarlo manteniendo el patrón de secretismo que ve que su entorno emplea.

4)      No hablar a cerca de ello puede sugerir que es algo demasiado horrible como para hacerlo.

La naturalidad con la que lo vivan los niños dependerá en buena medida de la naturalidad que nosotros le trasmitamos.

5) Los niños suelen enterarse igualmente

Es imposible mantener el cáncer y sus consecuencias en secreto. Los niños tienden a enterarse de las conversaciones de los adultos más de lo que parece, incluso cuando parece que no están escuchando. Algunos niños hasta buscan la manera de enterarse a escondidas. Incluso cuando no logran enterarse de nada, se dan cuenta de que las cosas han cambiado e intentarán comprender lo que pasa por todos los medios.

6) Los efectos secundarios serán obvios una vez iniciado el tratamiento

Cuando se inicia el tratamiento, el niño puede que observe efectos secundarios como cansancio, cambios de peso, caída del cabello o vómitos, y se dará sus propias explicaciones. Ven que el padre o la madre ha enfermado y puede que piensen que va a morir, o que otros en la familia también se enfermarán. No saber lo que está pasando o cómo sobrellevarlo puede ser una  experiencia terrible para el niño. Pueden pensar que esos efectos secundarios del tratamiento son síntomas de que la enfermedad está peor. Es necesario informar sobre los efectos secundarios que pueden aparecer y recordar que son parte del tratamiento.

7)      Mantener el secreto consume energía para toda la familia.

8) El objetivo no sólo es que el niño esté informado, sino el poder mantener una línea de comunicación abierta con él, para que pueda, en cualquier momento, contarte sus dudas, preocupaciones y temores a lo largo de todo el proceso.

9) Los niños tienen más capacidad de afrontamiento de lo que pensamos.

 

¿Quién debería informar?

 La primera opción serían ambos padres o cuidadores principales si les es posible hacerlo sin un gran descontrol emocional. Si el padre/madre está soltero/a, puede ser buena idea pedir a algún familiar o amigo adulto que sea una influencia estable en la vida del niño que le acompañe si se siente inseguro/a.

Si no es posible para los padres hacerlo, debería encargarse alguien muy cercano al niño o en tercer lugar algún profesional sanitario.

 

¿Cuándo informar?

Es preferible comunicarlo  lo más pronto posible, pero es necesario tomarse un tiempo para asimilar uno mismo la noticia y evitar hacerlo de una manera demasiado brusca.

Resulta más fácil contárselo al inicio de la enfermedad para que pueda seguir la evolución sea cual sea y puedan adaptarse progresivamente a la información, pero si no ha sido así, nunca es tarde. Se les puede explicar por qué no se ha hecho antes: “no querías engañarlos, pero te resultaba muy difícil”.

Es importante continuar informando a lo largo de todo el proceso de los cambios importantes que pueden ir surgiendo.

A veces los padres esperan que sean los niños los que pregunten, pero en muchos casos, la situación de tensión que perciben hace que no se atrevan. Si finalmente se atreven a realizar una pregunta, es importante responderles sea cual sea el momento.

 

En la próxima entrada veremos sobre qué informar y algunas pautas sobre cómo hacerlo.

La bibliografía de todas las entradas referentes a este tema es tomada de la Liga Noruega Contra el  Cáncer, la American Cancer Society, la Sociedad Española de Oncología Médica y el Portal de salud de la Comunidad de Madrid con aportes y matizaciones de la experiencia personal en consulta.

Rivalidad entre hermanos

La rivalidad entre hermanos es tan natural como la vida misma. Será más o menos intensa dependiendo de la interacción de diferentes variables como  las diferencias de edad, el número de hermanos, la personalidad de cada niño, la experiencia, el manejo de los padres… pero de alguna u otra forma, más explícita o más encubierta, nos la vamos a encontrar. ¿Por qué? Porque todos los niños desean tener el amor exclusivo de sus padres. Los padres son los seres más importantes de la vida de un niño, y tener un hermano inevitablemente conllevará menos atención por parte de éstos.

La relación con nuestros hermanos provoca sentimientos muy intensos tanto positivos como negativos y puede tener repercusiones importantes en nuestra forma de ser y de relacionarnos. Aunque es verdad que una relación conflictiva puede llegar a hacer mucho daño a alguno de los niños y que sin duda provoca gran malestar en los padres, la rivalidad también cumple funciones importantes: les ayuda a desarrollar habilidades de afrontamiento, a resolver conflictos en entornos seguros, aprenden a defenderse, a luchar por lo que quieren, a compartir, a comprometerse e incluso a desarrollar las ganas por superarse.

La tarea de los padres no es tratar de pretender que no exista la rivalidad ni que los hermanos sean amigos, sino de trasmitir a cada niño que se puede sentir seguro, que es especial y además, ayudar a descubrir las recompensas de compartir y cooperar para que algún día, esos hermanos se vean como figuras de ayuda y bienestar. Será importante tratar de enseñarles valores y habilidades para manejarse ante los inevitables conflictos.

Algunas recomendaciones a tener en cuenta:

  • Reconoce los sentimientos negativos entre los hermanos. Cuanto más intentemos evitarlos “tienes que querer a tu hermano” “No digas eso”, más aparecerán. Todos necesitamos poder expresar nuestros sentimientos negativos, los niños también. Ojo, permitir sentimientos no es permitir actos, debemos enseñarles a expresar su enfado sin dañarse. Cuando un hermano viene quejándose del otro o se enfada con él, tratemos de ponerle palabras a sus sentimientos “no te gusta que…” “te molesta…” “esto te enfada…” y de expresar sus posibles deseos “te gustaría que…”. Muchas veces, únicamente con eso, el niño se siente comprendido y su angustia disminuye. Otra posibilidad es la de ayudar a demostrar el enfado de formas creativas: con un muñeco, dibujando, escribiendo…
  • Siempre tendremos que impedir la agresión física, separarles y pedirles que expresen su enfado y lo que desean con palabras. Es importante dejar claro, que en vuestra familia nadie pega.
  • Fomenta la empatía,  no sólo con el hermano

Empatía

  • No compares. Ni para bien ni para mal. Las comparaciones intensifican más la rivalidad. Es necesario valorar a cada niño de forma individual y si hay que compararlo, hacerlo sólo consigo mismo. Describe lo que ves, lo que te gusta, lo que te disgusta, lo que tiene que hacerse… pero sin mencionar al otro hermano.
  • No repetirles constantemente que “como son hermanos se deben llevar bien” , “deben jugar juntos” cuando les vemos en dificultades para hacerlo. Es preferible reconocer que hoy no están para jugar bien juntos y que es mejor que se separen.
  • No trates a los niños por igual. Cada uno tiene un trato único. Es importante mostrarles que a cada uno los quieres de forma especial, que cada uno tiene sus cualidades y darles según sus necesidades individuales como seres únicos.
  • Asigna responsabilidades a cada niño adecuadas a su edad.
  • No les  encasilles ni permitas que se encasillen “siempre le estás fastidiando” “eres un envidioso”. Las etiquetas (“el responsable”, “el inquieto”, “el inteligente”…) tanto positivas como negativas suponen una gran carga para los niños. Muchos niños que vienen a consulta (y muchos adultos también) sufren grandes problemas de ansiedad al tratar de mantener las etiquetas positivas con las que cargan y sentir que están defraudando si no las cumplen. Señala los comportamientos que te gustan y los que no, pero en la medida que puedas, no lo atribuyas al cumplimiento de un rol dentro de la familia.
  • Fomenta la cooperación: elogiando cuando consiguen realizar alguna tarea juntos, propiciando actividades en familia, haciéndolos partícipes de los proyectos familiares… Y a la vez respeta su individualidad, no tenemos que apuntarles a las mismas cosas ni obligarles a realizar las mismas actividades si tienen gustos diferentes. Es necesario mantener un equilibrio entre el tiempo que compartimos en familia y el espacio personal de cada niño. Cada niño necesita un tiempo a solas con su progenitor de vez en cuando, un tiempo en el que no se hable del otro hermano. Tampoco podemos obligarles a pasar mucho tiempo juntos si no tienen buena relación. Los hermanos no se eligen, y no tienen porqué ser amigos ni tener caracteres compatibles. Buscaremos actividades que compartir sin abusar de ellas. Es preferible que pasen poco tiempo juntos y separarlos antes de que comience el conflicto, poquito a poco podremos ir aumentando este tiempo si la relación va mejorando.
  • Cuando ellos estén presentes, evita hablar con otras personas de sus desacuerdos y haz hincapié en sus momentos buenos juntos.
  • Los hermanos no tienen por qué compartirlo todo. Habrá cosas que sean de ambos, y en otras cosas cada niño tendrá derecho de decidir cuales presta y cuales no.
  • Ayúdales a manejar los conflictos: Lo primero de todo es importante ser conscientes de cómo nosotros manejamos nuestros propios conflictos con nuestra pareja, con nuestros hijos y con el entorno en general… delante de los niños. El ejemplo siempre será lo que tenga más fuerza.

Ante las peleas cotidianas sin importancia, aunque nos sea difícil, la mejor opción es la          de tratar de mantenerse al margen, confiando en que sean ellos los que solventen el              problema por sí mismos. Si la pelea va en aumento y pensamos que se hace necesaria          nuestra intervención, una posible manera de actuar sería la siguiente:

1. Reconoce el enfado entre ellos “me parece que estáis enfadados”.

2. Escucha las diferentes opiniones y verbalízalas para que vean que has comprendido por un lado, y para que ellos mismos escuchen sus motivos de boca de otro.

3. Describe un resumen del problema “Vaya, parece que aquí hay dos niños que quieren jugar con el camión”

4. Reconoce la dificultad para resolver el problema

5. Expresa convencimiento en que ellos serán capaces de encontrar una solución que sea justa para los dos. Si pensamos que puede ser difícil podemos hacerles un par de sugerencias pero siempre dejando la decisión en sus manos.

6. Márchate y espera

Si no funciona, si hay abuso, si interfiere demasiado en la vida doméstica o si se repite con mucha frecuencia tendremos que optar por tomar una decisión nosotros dejando después un espacio para poder hablar de ello y consensuar unas normas que seguir ante problemas parecidos.

Cuando las dos partes están satisfechas, aunque no nos parezca justo, sería recomendable no intervenir.

En el caso de las peleas que son peligrosas y los niños llegan a las manos  es necesario pararlo de inmediato:

  1. Describe lo que ves, para que se hagan más consciente de lo que está ocurriendo
  2. Deja claro los límites
  3. Si no pueden resolver calmadamente lo que ha sucedido, sepáralos. A ser posible sin que ninguno se quede en la zona del conflicto. Si finalmente tenemos que castigar, es preferible que sea una consecuencia natural de su comportamiento “si no os ponéis de acuerdo en el programa que queréis ver, apagamos a tele”.

Y para terminar, un apunte más, cuando es uno de los niños el que pega al otro, muchas veces la tendencia es a prestar atención al agresor, regañándolo. Una buena opción es dirigir esa atención a la parte agredida “vaya, ¿Te duele? Deja que lo vea. Tu hermano tiene que aprender a pedir las cosas con palabras aunque esté enfadado”. No olvidemos que nuestra atención es un poderoso reforzador para bien o para mal

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BIBLIOGRAFÍA:

Hermanos, no rivales (2011). Adele Faber y Elaine Mazlish Ed: Medici

Ilustración sobre empatía tomada de Escuela de Superpadres