Archivos Mensuales: marzo 2017

Cómo vaya, vas a llorar con razón

Elijo esa frase como título por ser una de las que más escuchamos probablemente en nuestra infancia como amenaza (y no deja de ser curiosa cuando es la emoción y no la razón la que está relacionada con el llanto). En el post de hoy quiero hablar de los cachetes, los azotes y las amenazas de hacerlo como instrumento para modular la conducta de los niños.

Antes de nada, quiero aclarar que cuando hablo de pegar en este artículo, no hablo de palizas, de pegar al niño de manera habitual, de hacerle marcas, de causarle dolor físico… ese es un tema a parte, que tiene que ver con maltrato grave penado por la ley que no admite discusión alguna. De lo que voy a hablar, es de una parte más sutil, donde los límites entre lo que está bien y mal son difusos para la mayoría de las familias, donde la mayoría de las personas han vivido o están viviendo. Una parte que entra dentro de la normalidad en la mayoría de nuestras casas.

El objetivo de la entrada no es moralista ni decir lo que uno tiene que hacer o no con sus hijos. El objetivo es únicamente que al menos, cuando uno lo hace, lo haga siendo consciente de lo que estoy transmitiendo, y que pueda elegir hacerlo o no teniendo claro  si realmente esa era la lección que pretendía transmitir al niño. El objetivo es que tengáis toda la información para poder decidir. Porque a veces creemos que el mensaje es “eso no se hace”, pero acompañado de ese mensaje van otros de manera implícita más importantes de los que muchas veces no somos conscientes. 

Parece que todos estamos de acuerdo cuando queremos trasmitir a nuestros hijos: “Nadie tiene derecho a pegarte. No tienes derecho a pegar a nadie” (¡Cuántas cosas se arreglarían en el mundo si consiguiéramos con éxito dar siempre ese mensaje!), pero a veces no sabemos bien cómo es la mejor manera de hacerlo. 

Pegar a seres indefensos está mal. Siempre. Bajo cualquier circunstancia. En cualquier intensidad. No vamos a traumatizar a ningún niño por darle un azote flojo puntual, de verdad, no creo que eso les traumatice ni dañe nuestra relación con ellos, pero si tenemos que ser conscientes de la lección que realmente le estamos transmitiendo.

Voy a hacer un pequeño inciso sobre el cerebro antes de continuar. A grandes rasgos, podemos decir que el cerebro puede dividirse en tres áreas diferenciadas, algunos autores hablan de tres cerebros: 1) el neocortex o corteza cerebral,  la parte  más externa del cerebro, a la que también llamamos corteza; 2) el cerebro límbico;  y 3) el cerebro reptiliano. La corteza es la encargada de las funciones más desarrolladas y complejas del ser humano como la capacidad de planificación, reflexión, control de impulsos, aprendizaje, moralidad, toma de decisiones…. Está parte del cerebro se irá desarrollando a medida que el niño crece, por lo que durante la infancia no funciona a pleno rendimiento. Bajo la corteza, encontramos el cerebro límbico que es emocional, reacciona de manera no consciente, trata de protegernos, reacciona como una alarma ante los peligros y busca la acción rápida. El cerebro reptiliano es la parte más  primitiva encargado de las funciones vitales básicas (respiración, sueño, hambre…). Tanto el cerebro límbico como el reptiliano funcionan desde el inicio porque son indispensables para la supervivencia y son los más instintivos y básicos del ser humano como animal.La corteza actua como filtro y selecciona ante que información responder y cómo hacerlo de la manera más adecuada. Bueno, creo que esta burda explicación puede ser suficiente para entender lo que pretendo contaros.

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Como ya he dicho, los niños no tienen desarrollado al 100 × 100 la corteza cerebral, pensad que si ya es complicado para nosotros muchas veces actuar de manera reflexiva y controlar la parte instintiva y emocional, cómo puede ser hacerlo cuando  la corteza aún está inmadura.  Por todo esto, es más fácil que los niños se dejen llevar por este impulso instintivo. Por tanto, en la niñez es muy fácil aprender la conducta de “pegar” como parte de nuestro comportamiento habitual ya que es una conducta que aparece de manera instintiva. Pegar, para los niños,  es un reflejo de defensa muy primitivo.  Si tenéis hijos o niños cerca, habréis observado, que desde bien bebés, el impulso a golpear es frecuente cuando se frustran en la mayoría de ellos. Hasta que con la ayuda del desarrollo de la corteza y la educación,  pueden conocer otras formas de manejar esa frustración. Unos niños tardarán más que otros. 

El adulto tiene un papel importante en el óptimo desarrollo de la corteza del niño. De alguna manera, podemos decir que en los primeros años se convierte en su corteza, siendo quién le enseñe a regular toda esa parte instintiva. Y a lo que voy, si le pego, no estoy siendo “corteza”, estoy reforzando el actuar desde el impulso.

Bueno, y todo esto, solo para tratar de dar a entender que antes de amenazar con pegar a un niño o darle un pequeño cachete, debo ser consciente de que:

  • Para los niños, los padres somos perfectos. Lo que nosotros hagamos está bien.  Somos un modelo a imitar. Somos su guía de vida. 
  • El ejemplo es la manera más potente de profundizar un aprendizaje.
  • Los niños no entienden de intensidad. No vale ” si le doy en el pañal, no le hago daño”, “en el culo si, la cara no”. Los niños no son tan sutiles, lo que le estoy enseñando es que golpear está bien, da igual como lo haga. Los niños no tienen medida.
  • El mensaje que le hago llegar es: pegar está bien para conseguir lo que uno quiere. Pegar me da poder.
  • Cuando pego es porque he perdido el control. Es una conducta no controlada que libera rabia. Si lo que quiero es que el niño aprenda autocontrol tengo que plantearme si es la forma correcta de hacerlo.
  • El solo hecho de amenazar ya está trasmitiendo que pegar es algo lícito, planteo esa conducta como posible y válida para conseguir mis objetivos. 
  • También trasmitimos mensajes subliminales de “Te hago daño porque te quiero” “Te hago daño porque te lo mereces” no hace falta que diga lo dañino que puede ser trasmitir este mensaje para relaciones futuras.

Si no obstante, pierdo el control (como humanos que somos y costumbres heredadas de nuestros padres), y lo hago, recuerda siempre que rectificar es de sabios. Pide perdón y habla con el niño sobre que no está bien lo que has hecho y tratarás de no hacerlo más. Tenga la edad que tenga.

Recuerda que no le has pegado porque su conducta lo merezca, le has pegado por tu falta de recursos para manejar la situación y tu frustración, o bien porque en tu casa se hacía así. A día de hoy hay tanta información sobre crianza con la que nuestros padres y abuelos no contaban, que no podemos escudarnos en lo que ellos hacían. Es nuestra responsabilidad aprender, informarnos y avanzar en ofrecer una crianza con límites y respeto.

De verdad creo que está en nuestras manos cambiar el mundo.

(Pretendía escribir una entrada corta y al final se me ha ido de las manos, perdón por la extensión y gracias a los que habéis llegado hasta el final 😉 ).

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