LAS RABIETAS (I): el camino hacia la autonomía y el autocontrol

En el desarrollo evolutivo normal de todos los niños aparece una etapa (entre aproximadamente los dos y los cuatro años de edad) que resulta especialmente agotadora para los cuidadores y que puede variar en intensidad en cada niño. Hablamos de la etapa de “las rabietas”.

En las próximas dos entradas pretendo repasar brevemente tanto el significado de estas rabietas como algunas pautas que podemos tener en cuenta para prevenirlas y/o ayudar a los niños a sobrellevarlas. Aunque no existen fórmulas milagrosas y al final la paciencia siempre va a ser el ingrediente secreto,  si hay propuestas que podemos tener en cuenta para pasar por esta fase de la forma menos traumática posible para todos.

Comprendiendo las rabietas…

Durante los primeros meses de vida, el niño apenas se diferencia de sus cuidadores principales. Por supervivencia es necesario que esto sea así, ya que el ser humano es el ser vivo que tiene mayor dependencia y vulnerabilidad al nacer, y en el que además éstas se mantienen por más tiempo.  Será poco a poco cuando veremos como el bebé va adquiriendo conciencia de sí mismo. Cuando el niño comienza a desplazarse y por tanto a ganar más autonomía, irá manifestándose su necesidad de mostrarse diferente, de diferenciarse de sus padres y el entorno, apareciendo la conocida etapa del “no” y la necesidad de empezar a tomar pequeñas decisiones. Sin embargo, tropiezan también con el inamovible hecho de que uno no puede hacer siempre lo que desea… y es aquí cuando aparece el conflicto. En este momento, el niño es aún muy pequeño para manejar y comprender sus emociones, por lo que la forma más natural de que aparezca esta frustración suele ser a través de las rabietas (¡si en los adultos ya es difícil manejar la frustración intenta ponerte en el lugar de un niño pequeño!). Cada rabieta será una oportunidad para enseñar al niño a autorregularse.

No debemos perder de vista que es una etapa necesaria y positiva dentro del desarrollo del niño y es importante que intentemos verla como tal,  centrándonos en los aspectos positivos de nuestro hijo sin que esos momentos inunden toda nuestra relación con él ni le pongamos etiquetas: “es un cabezón” “es insoportable” “siempre tiene que ser lo que él quiera”. Entender esto es ya un paso importante a la hora de manejar las rabietas, ya que la actitud y el sentimiento que nos generan y trasmitimos al niño serán diferentes.

En esta etapa, será necesario mantener un equilibrio entre respetar su autonomía, dejándolo tomar pequeñas decisiones, y no consentir y acceder a todas sus exigencias.

Voy a dividir la información que me gustaría trasmitir en dos entradas. En esta, veremos cómo podemos actuar ante una rabieta que ya se ha desencadenado. En la próxima, veremos algunas sugerencias a tener en cuenta para evitarlas en la medida de lo posible (¡no es posible evitarlas por completo porque son necesarias!).

He de decir, que existen varias posturas entre los profesionales a la hora de manejar las rabietas, y luego además, cada padre encuentra sus propios “trucos”. Yo voy a exponer la que considero más eficaz teniendo en cuenta el respeto por el niño y la crianza afectuosa. Después cada padre puede adaptarlas a su forma de crianza y a la forma de relación que tienen con sus niños. No siempre obtendremos los resultados que queremos (¡nos encontramos de nuevo con el hecho inamovible de que uno no consigue siempre lo que quiere!) pero lo importante será ser consistentes en la manera de aplicarlo… aunque se den muchas ocasiones en las que los nervios nos traicionen (los padres no son perfectos y nadie necesita que lo sean).

Ahora veamos algunas de las cosas que podríamos hacer ante una rabieta…

    • Lo primero de todo mantener la calma y el control. No gritarle ni zarandearle. Trata de respirar hondo y recuerda que no lo hace para fastidiarte, es la única forma que encuentra de expresar su frustración y malestar. Si para los padres es difícil no perder el control, imaginemos lo complicado que resulta para el niño. Es importante mostrar con el ejemplo el propio autocontrol, manteniendo una actitud firme y segura. Es recomendable que nos entrenemos en conseguirlo, puesto que será un paso fundamental.
    • Una vez comenzada la rabieta, es importante mantener nuestra postura y no ceder ante sus exigencias una vez que ya le hemos dicho que no, ya que si cedemos puede aprender que esa es la forma en la que puede conseguir las cosas, y después será mucho más difícil que desaparezcan. Cuanto más larga sea la rabieta, más importante será no ceder.
    • Al inicio, podemos intentar distraerlo con otra cosa, si esto no es posible y ya está inmerso en la rabieta:

# No le toques si no quiere, pero si el niño se deja, abrázalo suavemente para ayudar a la autorregulación. Si repele el contacto físico y te retira es mejor dejarlo tranquilo.

# Una vez que está muy enfadado no sirve intentar razonar (al igual que con los adultos), no le des discursos ni largas explicaciones cuando está emocionalmente desbordado.

# Es mejor hablarle con palabras simples, ponerle nombre a sus sentimientos y aplazar la conversación “estas enfadado, cuando se te pase ven y te doy un abrazo”, “estás enfadado, cuando estés calmado hablamos”. Es mejor un mensaje simple, y repetírselo de la misma manera de vez en cuando que tratar de convencerlo para que se calme o lo entienda.

# Si el niño continua sin responder, la mejor opción es mostrar indiferencia y dejar que se desahogue, aplicando extinción (retirada de atención): no le digo nada ni le miro, no intento razonar, sin enfados promesas o amenazas. Lo dejo que se calme solo, pero siempre permaneciendo en el mismo lugar que él, sin perderle de vista, a no ser que sintamos que estamos perdiendo el control sobre nosotros mismos y necesitemos salir un momento a tomar aire, aun así asegurarnos que sepa que vamos a volver. Algunos psicólogos infantiles recomiendan dejarlo solo. Desde mi punto de vista, el mensaje que se le debe trasmitir a un niño tan pequeño es que así no va a conseguir lo que quiere, pero que nosotros siempre vamos a estar ahí.

Además de esto:

    • Si está molestando en un lugar publico, te incomoda mucho y no puedes continuar con lo que estás haciendo, podemos llevarlo hasta un sitio más apartado hasta que se le pase, sin violencia ni decirle nada. Lo retiro junto a mí a un lugar más apartado. No te avergüences del comportamiento de tu hijo ante una rabieta, vívelo con normalidad y te ayudará a no perder los nervios.
    • Si hace algo peligroso o va a romper algo, retíraselo y ponlo fuera de su alcance sin decirle nada y sin alterarte demasiado. Si por su seguridad es necesario contenerlo físicamente, hazlo con firmeza y afecto.
    • Cuando se vaya tranquilizando, no se le debe gritar ni castigar, sino darle seguridad, reforzándole que se haya tranquilizado e intentando distraerlo con otra actividad. Cuando todo haya pasado y lo veamos oportuno, será el momento de explicarle lo inadecuado de su comportamiento.

Por último, tras una rabieta es recomendable no mencionar el episodio con otras personas delante del niño con los objetivos de no etiquetarlo y de no prestar atención a ese comportamiento. Esto puede aplicarse a nivel más general: delante del niño, no hables con otras personas de las conductas no deseadas, sólo de las conductas positivas que el niño hace. No le pongas etiquetas “este siempre hace lo que quiere” “es un caprichoso”… porque los niños acaban por adquirir los papeles que se les asignan.

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2 pensamientos en “LAS RABIETAS (I): el camino hacia la autonomía y el autocontrol

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